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Laberintos

El poder de no estar

Siempre pensé en qué poder me gustaría tener. Desde niña me inventé habilidades para sobrevivir al trayecto de regreso a casa. Volar, atravesar paredes, ser intangible cuando el mundo se sentía demasiado grande. Recuerdo caminar mirando los árboles y creer —con una fe casi religiosa— que yo movía sus ramas con la mente. Que el viento obedecía algo mío. Después alguien dijo que no eran poderes, que eran dones. Dones que podían despertarse. Y yo quise creerlo. Alguna vez sentí

Todos miramos

Observamos para calmar algo.  No siempre por curiosidad. Muchas veces por ansiedad. Vivimos rodeados de vidas ajenas.  Desde hace tiempo aprendimos a consumir la intimidad como entretenimiento: reality shows, vlogs, historias, reels. Fragmentos de existencia editados para ser vistos.  La rutina de alguien más convertida en contenido. Y poco a poco algo se desplazó: dejamos de habitar nuestra experiencia para observar la de otros. No es nuevo. La diferencia es que ahora es con

Aquí comienza el eco

Este espacio existe para que otras voces se escuchen. No hace falta tener respuestas: basta con tener algo que decir. Aquí caben historias, fragmentos, cartas, reflexiones, gritos suaves y susurros largos. Si alguna vez sentiste que tu dolor estaba solo, este lugar quiere demostrarte lo contrario. Gracias por estar aquí, aunque sea leyendo en silencio. Este es el primer paso de un eco que quiero que se vuelva colectivo. Con amor, Amor.

La casa vacía que se volvió hogar

Siempre me percibí como una casa en ruinas.  Una casa abandonada por mí misma, mucho antes de dejar de vivir físicamente en ella.  Ese lugar guardó versiones de mí que me dolieron, que me rompieron, que sobrevivieron como pudieron. En esa casa fui muchas personas.  La que lloraba todo el tiempo sin entenderlo.  La que rompió ventanas para pedir ayuda sin pedirla.  La que quiso desaparecer.  La que escribió sus primeras palabras como si fueran un rescate.  La que amó, la que s

Un año entre laberintos

Hace un año abrí este blog sin saber exactamente qué estaba abriendo. No era una casa, ni un refugio, ni una ventana: era un camino. Un camino que no existía hasta que di el primer paso. Un paso que, visto desde hoy, no era pequeño: era un salto. Durante mucho tiempo, cuando necesitaba recordarme quién era, volvía a mis libretas, a mis diarios rotos, a mi historia escrita desde la herida. Me buscaba en el pasado porque ahí estaban todas las versiones que habían sobrevivido.

Lo que queda cuando baja el ruido

Recuerdo cuando amar era fácil.  Cuando bastaba una mirada, una canción, un mensaje a medianoche para creer que todo tenía sentido. En ese tiempo creíamos en todo. En los besos que duraban horas, en las promesas que decían para siempre .  No imaginábamos que alguien pudiera usar nuestras emociones inequívocamente, ni que nuestra vulnerabilidad —tan visible, tan pura— pudiera volverse una grieta. El amor llegaba rápido,  sin permisos ni advertencias, y el desamor también.  Era

México

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