Don amable y los espejos
- Amor Hdz
- 22 ene
- 4 Min. de lectura
Durante muchos años fue solo eso: un vecino más.
Un hombre que vivía un par de casas abajo de la de mi mamá, existiendo en el paisaje sin reclamar atención, como si su forma de estar en el mundo fuera no estorbar.
Con el tiempo empezó a reconocernos, a saludarnos.
Nunca fue invasivo. Nunca fue ruidoso. Siempre atento.
Tan consistentemente atento que, entre mis hermanos y yo, empezamos a llamarlo así, casi sin darnos cuenta: don amable.
Nunca lo supo.
Durante años fue un nombre secreto, doméstico, dicho solo entre nosotros.
Hasta que un día —en un descuido de la inocencia— mi sobrino de tres años lo nombró en voz alta. Yo contuve el aliento, esperando que sonara mal, que fuera torpe, que hiriera. No pasó nada de eso.
Nunca lo sentí como un apodo cruel. Al contrario. Me parecía algo profundamente honesto: qué raro, qué valioso, que un adjetivo tan limpio pudiera describir a una persona sin ironía, sin doble filo.
Su nombre real era Eduardo.
Vivió ahí gran parte de su vida.
Tenía su propia empresa; en algún momento, incluso, mi hermano trabajó con él.
Nunca tuvimos conversaciones largas. A mí me cuesta mucho hablar con la gente. Pero había algo en cruzarme con él —verlo cuidar el jardín, barrer el andador, saludar a quien pasara— que me daba calma.
Como si su presencia no pidiera nada.

Con los años, su historia fue apareciendo en fragmentos. Nunca como un relato completo, sino como piezas sueltas que uno va uniendo sin querer. Supe que uno de sus hijos se había quitado la vida. Que el resto de su familia, hijos y nietos, se habían ido al norte del país. Que insistían en llevárselo. En cuidarlo. En que dejara todo.
Y que él se negaba.
Decía que había construido su vida ahí.
Que aunque ya no le fuera tan bien, seguir trabajando le daba sentido.
Supongo que en algún punto de la vida se le olvidó cómo ser padre, o cómo ser abuelo. O quizá no se le olvidó: quizá eligió quedarse donde su historia había sucedido, aunque eso implicara quedarse solo.
Hace unos meses, cuando yo iba todos los días a casa de mi mamá a empacar su vida en cajas, me lo encontré. Me dijo que él también estaba por irse. Que al final sí se mudaría con su familia.
Que sus años de trabajo habían llegado a su fin.
Había algo extraño en esa coincidencia: ambos despidiéndonos de una casa, de una etapa, de una identidad que ya no cabía en el presente.
Ese día lo escuché más.
Me habló de su juventud, de su empresa, de un maestro que había tenido y al que consideraba la persona más honorable que conoció. Le dije que eso era bueno, que siempre somos alumnos y maestros en la vida, incluso sin proponérnoslo.
No sé por qué, pero decirlo me alivió a mí también.
Yo hablaba poco, como siempre. Pero hablaba desde donde hablo ahora: desde algo que no es estrategia ni defensa, sino una forma de mirar el mundo que me costó muchos años construir.
Algo de eso lo conmovió. Me miró con una gratitud que no se ensaya y me dijo: —Eres muy joven, pero eres muy sabia. Es extraño encontrar personas así.
Eso me tocó más de lo que esperaba.
Le devolví lo único que sé hacer cuando alguien me mira de verdad: decir la verdad sin adornarla. Le conté que el sobrenombre que le habíamos puesto nunca fue burla, sino reconocimiento.
Que lo llamábamos don amable porque eso era lo que veíamos en él.
Me miró con los ojos llenos de agua y dijo que no creía ser eso. Que no había sido honorable toda su vida.
Le respondí algo que también necesitaba decirme a mí: que al final somos espejos, y que lo que vemos en el otro lo vemos porque también vive en nosotros.
Eso terminó de acomodarse en su rostro.
Se disculpó por hablar tanto. Le dije que lo entendía. Yo tampoco hablo con muchas personas, y cuando alguien me permite decir algo que viene de mi diálogo interno, quisiera no detenerme nunca.
Sonrió. Esa sonrisa suya, sin urgencia.
Ese día me fui con el corazón agradecido.
En casa, busqué entre mi biblioteca un libro para regalarle. No dudé: El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.
Días después pude entregárselo. Me dijo, apenado, que todos sus libros estaban ya en cajas, que si quería podía abrirlas para que eligiera alguno. Le dije que no se preocupara.
Que yo también tenía muchos sin leer. Que quizá ese, incluso si ya lo había leído, podía acompañarlo ahora.
Le dije que disfrutara ser abuelo.
Que disfrutara el viento, el calor, la playa, la familia.
Que ya había estado solo demasiado tiempo.
Más del que cualquiera debería.
Yo siempre me he considerado una persona que da. Y da. Y da.
Durante mucho tiempo lo hice desde la carencia, esperando que algo volviera, que alguien respondiera. Hoy no.
Hoy doy porque estoy llena. Porque no me quedo incompleta al hacerlo. Porque lo que ofrezco no se pierde de mí.
La mayoría de mis vínculos no han sido recíprocos. Y aunque una parte muy pequeña —la que nunca se sintió suficiente— todavía siente un leve dolor cuando me quedo con las manos vacías, hay algo más grande que me sostiene.
Eso que nació de mí.
Eso que aprendí a cuidar.
Con el tiempo, y con el budismo, entendí algo que me cambió la forma de mirar: la belleza no está en dar ni en recibir, sino en la forma generosa en la que se da.
En ese gesto que no exige.
En la gratitud silenciosa de saber que algo se movió, aunque no se note.
Esa pequeña fisura que rompe una muralla.
Ese lugar por donde se cuela la luz.
Quizá eso era don amable. No como adjetivo. No como virtud moral. Sino como una forma de estar en el mundo sin endurecerse.
Y quizá, sin saberlo, también fue un espejo para mi.
--Amor Hdz

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