top of page

El poder de no estar

Siempre pensé en qué poder

me gustaría tener.

Desde niña

me inventé habilidades

para sobrevivir al trayecto de regreso a casa.

Volar,

atravesar paredes,

ser intangible

cuando el mundo se sentía demasiado grande.

Recuerdo caminar mirando los árboles

y creer —con una fe casi religiosa—

que yo movía sus ramas con la mente.

Que el viento obedecía algo mío.


Después alguien dijo

que no eran poderes,

que eran dones.

Dones que podían despertarse.

Y yo quise creerlo.

Alguna vez sentí algo parecido:

intuición que no me protegía,

hiperempatía que me desgastaba,

déjà vus que no advertían nada.

Siempre habilidades inútiles.

Siempre cosas que se pueden explicar

con lógica,

con psicología,

con un exceso de escepticismo

y una falta brutal de cuidado.


Pero hace poco entendí algo

que nadie me dijo a tiempo:

yo siempre tuve un poder.

Solo que no era uno

que se celebrara.


Siempre he sido invisible.

Invisible cuando hablaba.

Invisible cuando me dolía.

Invisible incluso para mí

cuando me perdía

tratando de sostener a otros.


Hay un punto

en el que dejas de preguntar

si te ven

y empiezas a asumir

que no.


Cada vez desaparezco un poco más.

No por tristeza.

Por agotamiento.

Por no tener fuerzas

para seguir demostrando

que existo.


Desaparezco en gestos pequeños:

cuando no preguntan cómo estoy,

cuando respondo “bien”

para no ocupar espacio,

cuando me vuelvo fácil de olvidar.

Y cada vez noto

cómo más personas

dejan de verme.


Me hablan como quien habla al aire.

Me recuerdan a medias.

Me confunden con alguien más.

Como si yo fuera

una versión mal archivada

de la memoria de otros.

Como si hubiera existido

solo en borrador.

Aunque yo siento

que ni siquiera eso.


He intentado que me vean.

He gritado con amor.

He gritado con dolor.He gritado con una intensidad

que asusta.

Me he entregado entera.

Me he roto en público.

Me he ido en silencio.

He probado la presencia

y la ausencia.


A veces vuelven.

No porque me vean,

sino porque olvidaron

que ya se habían ido.

Viejas personas del pasado

aparecen para decir mi nombre

como quien reconoce un lugar

que ya no visita.

Nombran algo que recuerdan:

mi cara,

mi risa,

una versión mía

que ya no existe.


Pero no me ven ahora.

Ven un eco.

Ya no sé quién soy.

No porque esté perdida,

sino porque nadie me sostuvo

lo suficiente

como para quedarme.


Quizá nunca fui alguien,

solo el lugar

por donde otros pasaron.


El vacío no volvió.

Nunca se fue.

Solo esperó

a que yo estuviera más cansada,

más sola,

menos dispuesta a pelear.


Y ahora no grita.

Solo se sienta conmigo

y me deja pensar

si de verdad quiero seguir

pidiendo ser vista

o aceptar el poder,

dejar de llamarme

por un nombre

que ya nadie responde

y aprender, por fin,

a no estar.



— Amor Hdz.



 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Todos miramos

Observamos para calmar algo.  No siempre por curiosidad. Muchas veces por ansiedad. Vivimos rodeados de vidas ajenas.  Desde hace tiempo aprendimos a consumir la intimidad como entretenimiento: realit

 
 
 

Comentarios


México

Contáctame

Pregúntame lo que sea

"Todos los textos publicados en este blog son propiedad intelectual de Amor M. Chávez H. y están protegidos por derechos de autor. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización."

bottom of page