El poder de no estar
- Amor Hdz
- hace 2 días
- 2 Min. de lectura
Siempre pensé en qué poder
me gustaría tener.
Desde niña
me inventé habilidades
para sobrevivir al trayecto de regreso a casa.
Volar,
atravesar paredes,
ser intangible
cuando el mundo se sentía demasiado grande.
Recuerdo caminar mirando los árboles
y creer —con una fe casi religiosa—
que yo movía sus ramas con la mente.
Que el viento obedecía algo mío.
Después alguien dijo
que no eran poderes,
que eran dones.
Dones que podían despertarse.
Y yo quise creerlo.
Alguna vez sentí algo parecido:
intuición que no me protegía,
hiperempatía que me desgastaba,
déjà vus que no advertían nada.
Siempre habilidades inútiles.
Siempre cosas que se pueden explicar
con lógica,
con psicología,
con un exceso de escepticismo
y una falta brutal de cuidado.
Pero hace poco entendí algo
que nadie me dijo a tiempo:
yo siempre tuve un poder.
Solo que no era uno
que se celebrara.
Siempre he sido invisible.
Invisible cuando hablaba.
Invisible cuando me dolía.
Invisible incluso para mí
cuando me perdía
tratando de sostener a otros.
Hay un punto
en el que dejas de preguntar
si te ven
y empiezas a asumir
que no.
Cada vez desaparezco un poco más.
No por tristeza.
Por agotamiento.
Por no tener fuerzas
para seguir demostrando
que existo.
Desaparezco en gestos pequeños:
cuando no preguntan cómo estoy,
cuando respondo “bien”
para no ocupar espacio,
cuando me vuelvo fácil de olvidar.
Y cada vez noto
cómo más personas
dejan de verme.
Me hablan como quien habla al aire.
Me recuerdan a medias.
Me confunden con alguien más.
Como si yo fuera
una versión mal archivada
de la memoria de otros.
Como si hubiera existido
solo en borrador.
Aunque yo siento
que ni siquiera eso.
He intentado que me vean.
He gritado con amor.
He gritado con dolor.He gritado con una intensidad
que asusta.
Me he entregado entera.
Me he roto en público.
Me he ido en silencio.
He probado la presencia
y la ausencia.
A veces vuelven.
No porque me vean,
sino porque olvidaron
que ya se habían ido.
Viejas personas del pasado
aparecen para decir mi nombre
como quien reconoce un lugar
que ya no visita.
Nombran algo que recuerdan:
mi cara,
mi risa,
una versión mía
que ya no existe.
Pero no me ven ahora.
Ven un eco.
Ya no sé quién soy.
No porque esté perdida,
sino porque nadie me sostuvo
lo suficiente
como para quedarme.
Quizá nunca fui alguien,
solo el lugar
por donde otros pasaron.
El vacío no volvió.
Nunca se fue.
Solo esperó
a que yo estuviera más cansada,
más sola,
menos dispuesta a pelear.
Y ahora no grita.
Solo se sienta conmigo
y me deja pensar
si de verdad quiero seguir
pidiendo ser vista
o aceptar el poder,
dejar de llamarme
por un nombre
que ya nadie responde
y aprender, por fin,
a no estar.
— Amor Hdz.


Comentarios