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Del otoño al florecer

Hay algo en mí que cambia con las estaciones.

No de forma simbólica, sino real.

Como si mi cuerpo entendiera cosas que mi mente tarda más en nombrar.

Como si hubiera una parte de mí que sabe exactamente en qué momento del año estoy, aunque yo intente vivir igual todos los días.

Desde octubre empiezo a deshojarme.

No pasa de golpe. No es dramático.

Es lento.

Casi imperceptible.

Como si algo en mí supiera que viene el frío y empezara a soltarse antes de tiempo, como si me preparara para resistir, aunque yo todavía no entienda por qué.

Y en invierno… me pierdo un poco.

No es solo tristeza. Es más extraño que eso.

Es una especie de apagón interno, una forma distinta de habitar el día.

Los colores cambian, la luz no entra igual, los espacios se sienten más cerrados, como si todo se encogiera un poco conmigo.

Incluso el tiempo se distorsiona.

Los días parecen no avanzar, pero al mismo tiempo se acaban demasiado rápido.

Y entonces aparece esa urgencia silenciosa de aprovechar el día, de hacer algo, de no perder el tiempo…

pero todo pesa más.

Todo cuesta más.

Y una parte de mí cree que es flojera, o desorden, o falta de disciplina.

Pero no.

Ahora sé que no era eso.


Esta vez no corrí


Este año lo sentí distinto.

Más claro. Más evidente.

Como si por primera vez no estuviera tratando de explicarlo… sino de verlo.

No sé si fue el clima, si fue lo que viví, si fue el momento en el que estoy en mi vida, o si simplemente ya no me estoy mintiendo.

Pero lo atravesé diferente.

Por primera vez no corrí.

No me llené de ruido. No busqué distracciones. No intenté anestesiar lo que sentía.

Me quedé.

Y eso… fue lo más difícil.

Aprender a sentir sin intentar salir de ahí.

Sentí el dolor como algo físico.

No como una idea, no como una emoción abstracta, sino como algo que tenía peso, temperatura, recorrido.

Lo sentí en el pecho, en el estómago, en las manos.

Hubo días en los que no podía sostener una pluma.

Mis manos se sentían ajenas, entumecidas, como si no fueran mías.

Y ahora… puedo escribir.

Y eso, aunque suene pequeño, para mí es enorme.

Porque entendí algo que no había entendido antes:

yo no sabía sentir.

Yo sabía evitar.

Sabía distraerme, llenarme de estímulos, rodearme de personas, moverme constantemente para no tener que quedarme conmigo.

Pero esta vez no.

Esta vez me quedé hasta que el dolor empezó a moverse.

Y eso fue lo más extraño de todo:

ver cómo cambiaba de lugar.

Primero era un peso en el pecho. Después un vacío en el estómago. Luego un hormigueo en las manos.

Y un día… solo estaba en la punta de los dedos.

Después en las uñas.

Como si poco a poco fuera saliendo de mí.

No desapareciendo. Pero sí transformándose.

Y en medio de todo eso, sin que me diera cuenta exactamente cuándo, algo empezó a cambiar.

No hice nada distinto.

Seguía levantándome, seguía intentando sostener hábitos, seguía repitiendo lo que ya sabía que me hacía bien.

Pero yo ya no era la misma.

Había algo más… silencioso.

Más estable.

Y ahora, a unos días del equinoccio, lo siento.

No como una felicidad repentina. No como un “ya estoy bien”.

Sino como algo mucho más sutil:

como si estuviera volviendo.

Volviendo a mí. Volviendo al cuerpo. Volviendo al presente.

La luz entra distinto.

Aunque mi casa no cambie, aunque el espacio sea el mismo, la luz se siente diferente.

El aire se siente diferente.

Yo me siento diferente.

Y entonces entiendo algo que antes no podía ver:

no todo era retroceso.

No todo era pérdida.

No todo era un error que tenía que corregir.

A veces, lo único que está pasando es que estamos atravesando el invierno sin saber que también sabemos florecer.

Y no es inmediato.

No es mágico.

No es perfecto.

Pero ocurre.

Ocurre en lo mínimo. 

En poder sostener una pluma. 

En poder hacer la cama. 

En poder quedarte contigo sin huir.

Ocurre en darte cuenta de que no necesitas sentirte bien para estar mejor.

Y tal vez de eso se trata para mí este momento:

no de convertirme en otra persona, sino de reconocer que incluso en los inviernos más largos hay una parte de mí que nunca deja de saber cómo regresar.


-- Amor Hdz.


 
 
 

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