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El silencioso destino de las promesas

No estaba esperando a una persona.

Estaba cumpliendo una promesa.


Hace poco entendí algo extraño sobre las promesas.

A veces creemos que son frases que se dicen al aire. Palabras ligeras, medio en broma, medio en serio. Algo que no tiene demasiado peso porque la vida cambia, porque el tiempo pasa y porque casi nadie espera realmente que esas promesas se cumplan.

Pero no siempre desaparecen.

Algunas se quedan viviendo dentro de nosotros.

Hace muchos años hice una de esas promesas.

Era la típica frase que dos personas jóvenes dicen cuando todavía no saben muy bien cómo funciona la vida: si en diez años seguimos solos, nos casamos.

No era una relación formal.

Éramos dos personas atravesando sus propias tormentas que, por un momento, se hicieron compañía.

Nunca hubo mentiras. Nunca hubo promesas imposibles.

Solo esa frase que parecía inofensiva, como tantas otras que se dicen cuando uno es joven.

Con el tiempo nuestras vidas siguieron caminos distintos.

Yo seguí adelante. Él también.

Y la vida hizo lo que siempre hace: movernos hacia lugares diferentes.

Pero hace poco entendí algo que no había visto antes.

Las promesas no siempre se quedan en el pasado.

A veces se quedan viviendo en el subconsciente como una especie de contrato silencioso. No como una espera literal, sino como una dirección invisible que empieza a guiar nuestras decisiones.

Durante muchos años me encontré repitiendo el mismo patrón.

Elegir enamorarme de personas rotas.

Personas en guerra consigo mismas.

Personas que, de alguna forma, necesitaban ser salvadas.

Durante mucho tiempo pensé que eso era amor.

Quedarse.

Sostener.

Esperar.

Hasta que hace poco, en medio de una de esas noches en las que el corazón pesa demasiado, pedí algo muy simple, pero lleno de desesperación.

Le pedí al universo que me quitara del pecho un amor que no sabía cómo soltar.

Le dije: si esto no es para mí, arráncamelo. Aunque duela. Pero ayúdame a entenderlo, porque sola no puedo.

Porque seguiré esperando.

Esa noche soñé con alguien de mi pasado.

No con la persona que yo creía que estaba tratando de olvidar, sino con alguien mucho más antiguo. Alguien que apareció en un momento de mi vida en el que ambos estábamos tratando de sobrevivir a nuestras propias historias.

En el sueño lo veía primero como cuando lo conocí: atrapado en una especie de oscuridad que parecía no terminar nunca.

Pero después el sueño cambiaba.

Había saltos en el tiempo. Y en algún punto lo veía en paz, como si finalmente hubiera encontrado el lugar que estaba buscando desde hacía tantos años.

Entonces me miraba y me decía algo muy simple:


“Ya no tienes que esperarme.

Ya no tienes que salvar a nadie.”


Cuando desperté entendí algo que no había visto en todos estos años.

Hace tiempo vi un anime que explica esta idea de una manera curiosamente perfecta.

En Jujutsu Kaisen 0, el protagonista vive acompañado por un espíritu que parece una maldición terrible. Durante mucho tiempo cree que es algo que lo persigue, algo que llegó a su vida sin que él pudiera evitarlo.

Pero después descubre algo distinto.

La maldición existe porque él hizo una promesa.

Nadie lo maldijo.

Él mismo creó ese vínculo al no saber cómo soltarlo.

En la historia, el propio protagonista lo dice con una frase que resume todo:


“No fue Rika quien me maldijo… fui yo quien la maldije a ella.”


Y creo que algo parecido pasa en la vida real.

A veces hacemos promesas cuando todavía estamos rotos.

Promesas que nacen del miedo, de la soledad o del deseo de salvar a alguien que amamos.

Creemos que son palabras inocentes.

Pero el subconsciente no siempre entiende las promesas como metáforas.

A veces las convierte en destinos.

Durante años pensé que amar significaba salvar a las personas que estaban en guerra consigo mismas.

Que el amor verdadero consistía en quedarse, esperar y sostener.

Ahora entiendo algo distinto.

No era amor lo que me guiaba.

Era una promesa que hice cuando todavía no sabía amar de otra manera.


Y quizá crecer también significa eso:


Algunas promesas no están hechas para cumplirse.

Están hechas para enseñarte cuándo dejarlas ir.


-- Amor Hdz.




 
 
 

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