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Siempre fuimos tres

No éramos muchos. 

Pero éramos suficientes.

No llegamos a ser tres por elección, sino por una especie de acuerdo silencioso con el mundo: si nadie más iba a sostenernos, nos sostendríamos entre nosotros.

No hubo instrucciones. 

No hubo mapa. 

Solo una casa que había que mantener en pie y tres formas distintas de aprender a hacerlo.

El sonido era siempre el mismo: una televisión encendida sin que nadie la mirara, pasos yendo y viniendo, el eco de una casa demasiado grande para tan poca gente.

Inventamos juegos para no caer. 

Inventamos reglas porque no había quien las pusiera. 

Aprendimos a leer el humor del otro, a anticipar silencios, a traducir en gestos lo que nadie nos explicó.

Cada uno sobrevivió como pudo. 

La hermandad, 2017.
La hermandad, 2017.

Con su propio lenguaje. 

Con su propia manera de endurecerse o de resistir.

Yo aprendí desde otro lugar. 

No porque fuera mejor, sino porque era distinto.

Aprendí a sostener sin que me lo pidieran. 

A hacerme cargo sin saber que no me tocaba. 

A cuidar como si cuidar fuera una forma de existir.

A veces sentí que no hablábamos el mismo idioma. 

Que yo estaba un paso atrás o un paso al costado. 

Pero nunca afuera.

Nos quisimos. 

Nos odiamos. 

Nos dejamos de hablar. 

Volvimos.

Como solo pueden hacerlo quienes comparten algo que no necesita explicarse.

Hoy cada quien camina distinto. 

A ratos parece que las vidas se separan, que las conversaciones se vuelven breves, que el tiempo nos empuja hacia direcciones propias.

Pero hay cosas que no cambian.

Hay una forma de mirarnos que solo existe entre nosotros. 

Un entendimiento que no se construyó con palabras, sino con presencia.

No sé cómo nombrar lo que somos sin traicionarlo.

Somos sangre, pero más que eso somos la hermandad.

Solo sé que cuando todo faltó, no faltamos nosotros.

Y que, incluso ahora, cuando la vida nos pone lejos, ese pacto — el de no dejar caer al otro— sigue intacto.

Siempre fuimos tres. 

No como número. 

Como refugio.


 
 
 

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