top of page

Todos miramos

Observamos para calmar algo. 

No siempre por curiosidad. Muchas veces por ansiedad.

Vivimos rodeados de vidas ajenas. 

Desde hace tiempo aprendimos a consumir la intimidad como entretenimiento: reality shows, vlogs, historias, reels. Fragmentos de existencia editados para ser vistos. 

La rutina de alguien más convertida en contenido.

Y poco a poco algo se desplazó: dejamos de habitar nuestra experiencia para observar la de otros.

No es nuevo. La diferencia es que ahora es constante, accesible, normalizado. La mirada nunca descansa.

Cuando lo público se vuelve personal, cuando ya no se trata de una figura lejana sino de alguien que no conocemos del todo, o que conocimos apenas, o que pertenece al círculo de alguien que nos importa, la observación cambia de forma.

Ya no miramos por interés general. Miramos para llenar huecos.

La falta de información inquieta. 

El silencio pesa. Los espacios en blanco se sienten como algo que debería completarse. Y la mente, incapaz de tolerar la incertidumbre, hace lo que sabe hacer: imagina.

Preguntar sería más honesto. 

Más directo. 

Más humano.

Pero preguntar implica exponerse. Implica la posibilidad de escuchar una respuesta que rompa algo. Que confirme lo que tememos. Que nos deje sin refugio.

Imaginar parece menos doloroso. Aunque no lo sea.

Asumir, anticipar, reconstruir escenas a partir de segundos, fotogramas, gestos mínimos. Crear historias completas con muy poco. 

Convencernos de que entendemos cuando en realidad solo estamos intentando no sentir.

Mirar nos da una ilusión de control. 

Creemos que seguimos el hilo. Que no se nos escapa nada. Que si algo sucede, al menos podremos decir yo ya lo veía venir.

La fantasía ofrece eso que la realidad no da: un relato que responde a nuestros estímulos. Una historia que no nos contradice. Que no nos rechaza. Que no nos confronta.

Pero esa calma es frágil. Y silenciosa. Y profundamente solitaria.

Mirar deja de ser curiosidad cuando ya no buscamos entender, sino calmarnos.

Cuando observar sustituye al diálogo. Cuando mirar evita hacer preguntas incómodas. Cuando la vida ajena se vuelve refugio porque la propia duele, confunde o asusta.

Vivimos en una época que confunde acceso con cercanía y visibilidad con verdad.

Miramos porque podemos, no porque sepamos qué hacer con lo que vemos.

Mirar no siempre es curiosidad. A veces es miedo.

Miedo a no ser elegidos. Miedo a preguntar. Miedo a quedarnos sin historia cuando dejamos de observar la de otros.

Quizá la pregunta no sea por qué observamos tanto, sino qué estamos evitando cuando preferimos mirar en lugar de vivir.

Y tal vez el verdadero reto no sea dejar de mirar, sino atrevernos a habitar la incertidumbre sin inventarle un final.


--Amor Hdz


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
El poder de no estar

Siempre pensé en qué poder me gustaría tener. Desde niña me inventé habilidades para sobrevivir al trayecto de regreso a casa. Volar, atravesar paredes, ser intangible cuando el mundo se sentía demasi

 
 
 

Comentarios


México

Contáctame

Pregúntame lo que sea

"Todos los textos publicados en este blog son propiedad intelectual de Amor M. Chávez H. y están protegidos por derechos de autor. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización."

bottom of page