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2025: seguir aquí

Nunca le he tenido miedo a la muerte. 

No a la mía.

Durante mucho tiempo pensé que no me importaba.

Que podía morir en el peor momento de mi vida o en el mejor y que ambas cosas estarían bien. (Incluso me parecía una forma barata y romántica de verlo)

Que no dejaba pendientes. Que no dejaba a nadie detenido en mí. 

Que el telón podía cerrarse sin ruido y la obra habría estado completa.

Creí que eso era una forma de paz. 

Hoy sé que era otra cosa.

Cuando la muerte era solo una idea —cuando era mía— no había miedo. 

Había una aceptación fría, casi lógica. 

La certeza de que todo termina. 

De que no hay fecha fija. 

De que lo único posible es vivir alineada con la propia verdad, aunque eso implique caminar sola, soltar vínculos, dejar de sostener lo que ya no nutre.

El miedo apareció cuando la muerte dejó de ser una idea y se posó sobre alguien que amo.

No fue la muerte lo que me asustó. 

Fue la pérdida.

Ver a mi mamá frágil, dependiente, en riesgo, me enfrentó a algo que siempre había tratado de anticipar: la posibilidad de quedarme sin quienes me ven. 

Sin quienes importan de verdad.

Siempre he tenido miedo a perder. 

Desde niña.

Fui la única niña entre hermanos y primos varones. 

La única con un nombre extraño en la escuela. 

La que no terminaba de encajar. 

Más adelante, siempre hubo algo que, en lugar de hacerme destacar, me volvía invisible. Como si mi presencia fuera provisional. Como si estorbara. Como si incomodara solo por existir.

Quizá por eso aprendí a anticiparme. 

A controlar.

A sostenerlo todo. 

A elegir antes de que me eligieran. 

A pensar que, si podía decidir el final, no tendría que sentir el golpe de que alguien se fuera sin aviso.

Nunca quise molestar a nadie con mi tristeza. 

Nunca quise ser una carga. 

Y, sin darme cuenta, incluso la forma en que imaginé desaparecer tenía que ver con eso: hacerlo sin ruido, sin interrumpir, sin incomodar. 

Pasar de un día donde todos reímos a un silencio definitivo. 

Cerrar el telón sin aplausos ni preguntas.


Por eso nadie lo esperaba.


Este año no me enseñó a no tener miedo. 

Me enseñó a convivir con él.

Perdí cosas. Personas. Vínculos. Versiones de mí que pensé que durarían más. 

Perdí la ilusión de que, si hacía todo bien, algo me sería devuelto intacto.

La enfermedad de mi mamá no vino a ordenarme la vida. 

No vino a darme respuestas. 

Solo vino a recordarme algo que ya sabía, pero que siempre intento olvidar: que nada de lo que amo está garantizado.

No le tengo miedo a la muerte. 

Nunca lo tuve.

Ni siquiera ahora.

Lo que me pesa es la acumulación de pérdidas. 

Ese desgaste lento que no se ve desde afuera. 

Ese ir quedándome con menos testigos, con menos manos, con menos lugares donde descansar.

Termina el año y no siento cierre. 

Siento continuidad.

Los problemas no se resolvieron. Las heridas no desaparecieron. 

La soledad no se fue; solo aprendió a sentarse a mi lado sin gritar.

Aunque lleva años ahí, sino es que toda la vida.


Empieza otro año y no llego limpia, ni renovada, ni en paz.

Llego viva. 

Llego consciente. 

Llego sabiendo que no puedo controlarlo todo y que, aun así, voy a seguir eligiendo quedarme.

No porque no tenga miedo, sino porque, después de todo lo perdido, seguir aquí sigue siendo el acto más honesto que tengo.


-Amor Hdz.



Gracias por leerme este año, entre letras y lagrimas mis laberintos son tuyos te agradezco por recorrerlos conmigo, si algo resuena con lo que sucede dentro de ti en alguna parte, ya no estamos tan solos. Te deseo un buen año, mejores mañanas y noches inolvidables, nos vemos en los próximos laberintos.

Con amor, Amor.


 
 
 

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