Entre la herida y la tinta
- Amor Hdz
- 15 dic 2025
- 2 Min. de lectura
El cuerpo guarda cosas que nadie ve.
Heridas que no siempre se nombran, pero que viven ahí: en el pecho, en el vacío, en esa sensación persistente de abandono que no siempre tiene forma. El cuerpo es un testigo silencioso.
No interpreta, no juzga. Solo recuerda.
Quizá por eso marcamos la piel cuando algo duele.
No por moda, no siempre por estética, sino porque a veces el dolor interno necesita una traducción física para existir sin desbordarse. Algo que diga aquí pasó algo, sin tener que explicarlo.
Uno de mis tatuajes más importantes, el primero nació en un momento así. No desde el conflicto, sino desde la calma. Lo hice en un punto donde la herida más grande —la del abandono— ya no gritaba como antes. Había silencio. Había espacio. Y, sobre todo, no había ansiedad.
Ese tatuaje no fue una reparación ni una disculpa. Fue una promesa buena. De esas que no se hacen desde la urgencia, sino desde la certeza tranquila de que algo ya no duele igual. Esto es para siempre, pensé. Y por primera vez, el “para siempre” no se sintió como amenaza.
Pero mis tatuajes no hablan solo de paz. Hablan también de los momentos donde la vida dolía demasiado. De esos instantes en los que el cuerpo pedía una salida y la mente buscaba una forma de no romperse del todo.
Elegir tatuarme, muchas veces, fue eso: una manera de dejar testigo de que sobreviví.
Una forma de decir sigo aquí sin volver a cortarme, sin volver a hacerme un daño que no pudiera deshacer.
Siempre me preguntan cuál duele menos.
Y siempre pienso lo mismo: todos duelen.
La diferencia no está en el dolor, sino en el sentido.
La gente mira los tatuajes y dice: “Qué chidos.”
Luego mira las cicatrices —las que no elegí— y el tono cambia.
Se vuelve silencio. Incomodidad. Juicio.
Como si una herida elegida fuera arte y una herida nacida del dolor fuera algo que no se debe mirar. Pero para mí, no hay tanta diferencia. Ambas vienen del mismo lugar. Ambas son intentos de sobrevivir.
El cuerpo no distingue entre lo aceptable y lo incómodo. El cuerpo solo guarda memoria. Y la piel, al final, se convierte en archivo: no de lo bonito, sino de lo verdadero.
Tal vez por eso marcamos el cuerpo cuando algo duele: porque la piel no niega lo que pasó. Porque mientras la mente intenta olvidar, el cuerpo sostiene la historia sin necesidad de palabras.
Hoy ya no veo mis tatuajes como adornos.
Los veo como mapas.
No de sufrimiento, sino de resistencia.
No son cicatrices que me definan, ni marcas que me condenen.
Son pruebas silenciosas de algo más simple y más difícil:
que estuve ahí, que dolió, y que sobreviví.
-- Amor Hdz



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