Lo que queda cuando baja el ruido
- Amor Hdz
- 17 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Recuerdo cuando amar era fácil.
Cuando bastaba una mirada, una canción, un mensaje a medianoche para creer que todo tenía sentido.
En ese tiempo creíamos en todo.
En los besos que duraban horas, en las promesas que decían para siempre.
No imaginábamos que alguien pudiera usar nuestras emociones inequívocamente, ni que nuestra vulnerabilidad —tan visible, tan pura— pudiera volverse una grieta.
El amor llegaba rápido,
sin permisos ni advertencias, y el desamor también.
Era cuestión de días, a veces de miradas.
Todo dolía con la misma velocidad con la que aparecía.
Pero con los años —con las caídas, con los silencios— amar se volvió distinto.
Más lento. Más profundo. Más consciente.
Ya no nos enamoramos igual.
Nos da miedo confiar, miedo sentir demasiado, miedo entregar algo que tal vez no regrese.
Aprendimos a medir las palabras, a no escribir tan pronto, a no decir “te quiero” en voz alta por si acaso.
Y sin embargo,
seguimos buscando amor.
Solo que ya no lo confundimos con vértigo.
Ya no creemos que amar sea perderse, sino encontrarse con alguien sin dejar de ser uno mismo.
Con los años entendemos que el amor no siempre es fuego,
sino la decisión de quedarse,
de elegir a alguien todos los días,
de construir algo que no se rompa con el primer silencio.
Amar ahora es más estable,
más real, menos heroico.
Ya no se trata de promesas eternas, sino de la simple verdad de acompañarse mientras dure la vida compartida.
Y sobre todo,
de aprender a amarnos también a nosotros,
porque descubrimos que,
casi siempre, éramos nosotros quienes no estábamos bien.
Y eso no es malo. Es crecer. Es entender que cada decepción también nutre, que cada pérdida nos enseña a amar con más calma, menos intensidad, más conciencia.
Amar distinto no es amar menos.
Es amar sabiendo lo que cuesta llegar hasta aquí.
Y aun así,
seguir creyendo que vale la pena.
-Amor Hdz.

Comentarios