top of page

La casa vacía que se volvió hogar

Siempre me percibí como una casa en ruinas. 

Una casa abandonada por mí misma, mucho antes de dejar de vivir físicamente en ella. 

Ese lugar guardó versiones de mí que me dolieron, que me rompieron, que sobrevivieron como pudieron.

En esa casa fui muchas personas. 

La que lloraba todo el tiempo sin entenderlo. 

La que rompió ventanas para pedir ayuda sin pedirla. 

La que quiso desaparecer. 

La que escribió sus primeras palabras como si fueran un rescate. 

La que amó, la que se perdió, la que poco a poco volvió a encontrarse.

Esa casa cambiaba conmigo. 

Los cuartos se pintaban conforme yo cambiaba. Las paredes guardaban marcas de mis edades. 

Y aun así, hubo un día en que dejé de reconocerme ahí. 

La estructura seguía en pie, pero yo ya no vivía en ella.

Me fui, pero algo de mí siguió visitándola, como si aún hubiera un último cuarto que necesitaba cerrar.

Ahora, mientras empaco memorias para alguien más, 

entiendo que esa casa ya no era mía desde hace tiempo. 

Solo era un museo silencioso de mis viejas versiones. 

Un eco al que seguía regresando para confirmar que ya no vivía donde me dolía.

Los fantasmas regresan. 

Personas, recuerdos, emociones. 

Todos los que alguna vez entraron a aquel refugio parecen tocar la puerta ahora, como si quisieran asegurarse de que todavía soy la misma.

Pero ya no lo soy.


Hace poco, alguien importante me dijo algo que resonó en lo más hondo: 

“Siempre dejas las puertas abiertas.” 

Y entonces lo entendí: no era aquella casa la que tenía puertas sin cerrar. 

Era yo.


Cuando recién me mudé aquí —y ahora que casi cumplo cinco años viviendo en este espacio— entiendo lo que fue al principio: una casa vacía que yo quería convertir en hogar.

Desde afuera parecía que estaba viviendo el sueño: la mujer libre, la que podía con todo, la que hacía lo que nadie se atrevió.

Pero estar sola tanto tiempo fue como rodearme de espejos. 

Espejos que no suavizaban nada, que no inventaban refugio, que solo reflejaban lo que había: a mí misma.

Y al inicio fue difícil sostener esa mirada. 

Era una casa silenciosa, pero llena de mis propios ruidos.

Con el tiempo, la casa vacía empezó a llenarse de mí. 

De mis rutinas, mis colores, mis silencios elegidos. 

De mis plantas, mis libros, mis pequeños rituales. 

De la vida que surgía sin avisar.

Y sin darme cuenta, fui construyendo un hogar donde antes solo había paredes.

Fue el primer espacio donde aprendí a quedarme. 

A habitarme. 

A estar conmigo sin huir.

Y aun así, la primera persona que vio que esta casa tenía espacio para dos fue él.

Cerrar la otra casa es cerrar una parte de mí. 

Es despedirme de la vida que construí en ruinas para habitar por completo la vida que construí aquí, en luz, en consciencia, en calma.

Los fantasmas pueden tocar, pero ya no tienen llave. 

Yo decido quién entra. 

Yo decido quién se queda.

Porque entendí que el hogar no es un lugar donde sobrevivo,

sino donde por fin puedo vivir.

Donde puedo estar en paz, 

donde nadie me persigue, 

donde nadie me retiene. 

Un hogar que es elección, no accidente.

Sé que puedo irme, 

sé que puedo volver, y aun así, 

mi casa sigue aquí, 

dentro de mí.


La casa vacía que fui, por fin se volvió hogar.


Amor Hdz.


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
El poder de no estar

Siempre pensé en qué poder me gustaría tener. Desde niña me inventé habilidades para sobrevivir al trayecto de regreso a casa. Volar, atravesar paredes, ser intangible cuando el mundo se sentía demasi

 
 
 
Todos miramos

Observamos para calmar algo.  No siempre por curiosidad. Muchas veces por ansiedad. Vivimos rodeados de vidas ajenas.  Desde hace tiempo aprendimos a consumir la intimidad como entretenimiento: realit

 
 
 

Comentarios


México

Contáctame

Pregúntame lo que sea

"Todos los textos publicados en este blog son propiedad intelectual de Amor M. Chávez H. y están protegidos por derechos de autor. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización."

bottom of page