Había una casa con las cortinas siempre cerradas. Desde lejos parecía abandonada, pero adentro vivía un niño. El niño no odiaba la luz. Solo estaba cansado. El sol a veces le parecía demasiado grande, como si pudiera aplastarlo con todo su peso. Así que prefería quedarse en penumbra, donde el mundo no exigía nada. En esa penumbra, el silencio lo visitaba todos los días. Se sentaba junto a él como un perro viejo y leal, respiraba a su ritmo, y nunca hacía preguntas. El niño le