Un museo de personas rotas
- Amor Hdz
- 19 may 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 17 jul 2025
Hace unos días, la palabra contención apareció en mi mente como un eco antiguo. No como concepto médico, sino como experiencia vital. Fue entonces que recordé la segunda vez que estuve internada en el hospital. No como un recuerdo traumático, sino como una decisión que me salvó.
Esa vez no llegué arrastrándome ni en crisis total. Llegué cansada. Cansada de hacer todo “lo correcto” y seguir sin mejorar. Llevaba años en tratamiento, tomando mis medicamentos, y sin embargo algo en mí no encontraba calma. Así que un día, simplemente, le pedí a mi mamá que me llevara. No fue una escena dramática, fue una decisión lúcida. Sabía que la ayuda que necesitaba estaba ahí adentro.
Era después de la pandemia. Ya no se permitían visitas, solo llamadas. Pero yo ya no era la misma que aquella primera vez.
Esta vez fui con una intención clara: no quería rendirme, no esta vez. Quería sanar. Quería entenderme. Quería detener la caída.
La rutina ahí dentro era repetitiva, como todo en los hospitales: despertar, bañarse, comer, tomar medicamentos, hacer ejercicios, ver a los médicos, leer, dormir. Pero dentro de esa monotonía encontré algo. Algo que nunca se me ha ido.
Me volví observadora. En esos momentos al aire libre, donde se juntaban todos los pacientes, yo los miraba como si estuviera en un museo silencioso lleno de obras quebradas. Personas de todas las edades, de todos los contextos. Algunas reían sin razón, otras lloraban en rincones. Todas compartíamos algo que no se ve desde fuera: la derrota de fingir que estamos bien.
Recuerdo a un chico que bailaba siempre alrededor de la bocina, feliz en su mundo, con múltiples personalidades. Cada semana decía que lo darían de alta, pero nunca pasaba. Y a una chica más joven que yo, con una tristeza tan densa que parecía una nube constante sobre su cabeza. Pintaba precioso. Pero su mirada estaba vacía, como si ya no esperara nada.
Estar rodeada de personas rotas como yo no fue devastador. Fue revelador. Me ayudó a entender que mi dolor no era único ni especial. Que no era algo que me había escogido. Éramos una generación triste, una colección de historias que ya no podían sostener el disfraz. Ahí no había máscaras. Solo personas cansadas de sí mismas, intentando seguir.
Y fue ahí cuando entendí lo que significaba realmente contención. No era solo el abrazo de alguien. Era el tratamiento que me estabilizó. El espacio seguro donde mi mente dejó de sabotearme. Era la estructura. El saber que había un equipo de personas que me ayudaba a no rendirme cuando ya no me salían las fuerzas solas.
En medio de todo eso, llegó un libro. Tan poca vida, de Hanya Yanagihara. Mi mamá me lo llevó sin saber de qué trataba. Nadie lo revisó. Una noche, el médico de guardia lo vio en mis manos y me preguntó quién lo había autorizado. Sonreí. Nadie lo había leído con atención. Si lo hubieran hecho, me lo habrían prohibido. Era un libro lleno de dolor, como yo. Pero también lleno de resistencia. Me sostuvo como una cuerda entre el abismo y la voluntad.
No me hizo sentir bien. Me hizo sentir verdad. Y en ese momento, fue más que suficiente.
“Las cosas se rompen, y a veces se reparan. Y en la mayoría de los casos, te das cuenta de que no importa qué se rompa, la vida se reorganiza para compensar la pérdida, a veces de forma maravillosa.”— Hanya Yanagihara, Tan poca vida
Aprendí muchas cosas en ese encierro. Aprendí a sostenerme. A no tenerle miedo a mi dolor ni al de los demás. Aprendí que podía convivir con el caos sin que me arrastrara. Que mi tristeza no me definía, pero necesitaba ser escuchada.
Y quizás lo más importante: aprendí que, incluso cuando parece que no hay nada, aún quedan formas de comenzar de nuevo.
Semanas después de salir, tomé otra decisión: me fui al otro lado del mundo.
Porque ya no quería solo sobrevivirme. Quería conocerme realmente. Y para eso, a veces, hay que romperse en un lugar donde alguien más pueda contenerte.
Gracias siempre a mis médicos y terapeutas.
-Amor Hdz.

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