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Ola tras ola

Por Amor Hdz


El cuerpo lo sabe antes que yo: un calor en las mejillas, un nudo en la garganta.

Entonces llegan. Las lágrimas.

No las convoco, pero aparecen como si fueran la respuesta inevitable a algo que todavía no tiene nombre.

Las crisis ya no me destruyen como antes. Me repito como un mantra.

Antes eran tormentas interminables.

Mareas que me arrastraban hasta dejarme hecha trizas.

Ahora son olas: me tumban, me revuelcan, pero no me ahogan.

Me dejan cansada, empapada de sal, pero con la certeza de que aún respiro.

A veces el llanto llega en lugares absurdos: con un vaso de agua en la mano en la cocina, frente a la pantalla encendida, en la calle mientras el semáforo cambia de rojo a verde.

Y ya no me escondo tanto.

Llorar donde “no debería” me recuerda que no soy una estatua: soy alguien vivo, alguien que siente, alguien que se permite quebrarse en público.

Después de la tristeza aparece el enojo.

Ese berrinche casi infantil, esa pataleta contra lo que no entiendo, contra lo que se mueve sin preguntarme. Y me dejo estar ahí también. Por un momento soy niña otra vez: sola, molesta, golpeando el aire. Hasta que me canso. Hasta que esa niña llora lo suficiente para que yo pueda acercarme a ella y susurrarle: todo estará bien.

Porque, de algún modo incomprensible, siempre lo ha estado.

Las noches siguen siendo pesadas.

El insomnio es un cuarto cerrado donde el aire escasea.

Ni siquiera esas pastillas que me tumban como un tabique logran callar el ruido. Y cuando por fin duermo, no descanso: me atrapan pesadillas densas, donde despertar se siente como escalar con los párpados pegados.

Y, sin embargo, hay un cambio.

Cada día, aunque parezca igual, pesa distinto.

No más fácil, pero sí menos insoportable.

Como si las olas siguieran rompiendo con la misma fuerza, pero mi cuerpo hubiera aprendido a flotar un segundo más.

En medio de tanto ruido, de pronto aparecen destellos mínimos.

La luz que entra oblicua por la ventana.

El café caliente entre las manos.

El silencio extraño de la madrugada, tan hondo que parece un refugio.

Pequeños anclajes que me recuerdan que no todo es tormenta, que incluso dentro del naufragio hay instantes de calma.

Ola tras ola. Lloro. Tiemblo. Respiro. Sigo.

Esta crisis no me está derrumbando: me está empujando.

Me arroja hacia una versión de mí que ya existe en alguna parte, una yo que no se cae tan fácil, aunque sabe que puede volver a caer. Una yo que se permite sentir la densidad de las olas, pero también reconoce que puede levantarse.

Sé que soy frágil.

Sé que soy fuerte.

Y sé que todo depende del ahora: de quedarme, de no rendirme, de permitirme seguir respirando en medio de la marea.

Porque incluso cuando el agua me cubre, sigo siendo yo la que decide: flotar, volver a la orilla, o aprender a ser mar.

 

 

 
 
 

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