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LAS RAÍCES DE LA JACARANDA

Por Amor Hdz.


En la casa de mis abuelos crece una jacaranda.

La trajo mi abuelo desde su tierra, como quien arranca un trozo de infancia para que eche raíces en otro tiempo.

La plantó antes de que la casa fuera casa.

Cuando todo era tierra suelta, cuando los sueños todavía cabían en planos dibujados a mano.

La jacaranda de casa de mis abuelos (2025).
La jacaranda de casa de mis abuelos (2025).

Dicen que sus raíces llegaron hasta el agua,

esa que vive bajo el suelo, quieta, escondida, esperando que algo la busque sin miedo.

Desde entonces, la jacaranda no ha dejado de crecer.

A veces la podan.

A veces la ignoran.

Pero siempre vuelve.

Aunque la corten, se rehace.

Aunque el patio se fracture, ella encuentra otra grieta por donde seguir.

Tal vez porque fue sembrada por alguien que también se resistió a irse.

Mi abuelo ha sido muchas cosas.

No un héroe, no un santo, pero sí una presencia.

Alguien que supo hacer lugar con lo que tenía, aunque a veces no supiera cómo habitarlo.

Él dice que es la raíz de todo.

Y lo dice en voz alta, como quien ya se está despidiendo, pero no quiere que olvides por dónde comenzó el bosque.

Tenía una frase que repetía sin falta: “Siempre estoy feliz.”

Y aunque no siempre la entendíamos, él lo decía con certeza, como si su cuerpo lo supiera antes que él.

Era feliz en movimiento, saltando entre estructuras, viajando ligero, retando al cuerpo como si la edad no lo alcanzara.

Ahora su cuerpo se inclina, como si el tiempo lo estuviera llevando de vuelta a la tierra.

Y la jacaranda sigue ahí, más alta que nunca.

Sombra antigua.

Vigía del patio.

Testigo de todas las versiones que fuimos.

Esa casa nos ha visto pasar a todos.

Llegamos.

Nos fuimos.

Volvimos.

Rompimos cosas.

Amamos.

Lloramos en silencio en el cuarto más lejano.

Y afuera, en el fondo, la jacaranda, como si supiera que no importa cuántas veces uno se caiga, mientras haya algo a lo que aferrarse.

La raíz de esa jacaranda no pide permiso.

Solo crece.

Solo insiste.

Como lo hacen los recuerdos que no se van.

Pienso en todo lo que ha presenciado sin decir una palabra.

Los nombres que ya no se pronuncian, las risas que se apagaron, las conversaciones que solo ella alcanzó a escuchar desde la ventana abierta.

Hay árboles que no están ahí por casualidad.

Son oráculos.

Guardan lo que no supimos guardar nosotros.

A veces creo que, si se cayera, la casa se vendría abajo.

Porque, aunque no lo digamos, todos sabemos que hay raíces que sostienen más que columnas.

Y yo no quiero convertirla en símbolo.

Ni a ella, ni a él. Solo quiero recordar que hubo una semilla que decidió quedarse.

Y que, contra todo, floreció.

Como esas flores moradas de abril que aparecen cuando ya no las esperas y, sin embargo, ahí están.


Afirmando su existencia con la calma de quien sabe que nunca se fue.



 
 
 

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