La ternura también me sostiene
- Amor Hdz
- 7 jul 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 17 jul 2025
Hubo una etapa —larga, dolorosamente honesta— en la que creía que si no dolía, no era real. Que el amor tenía que quemar, que la tristeza debía arrastrarme para ser profunda, que lo que no me rompía tampoco me transformaba.
Romanticé estar rota. Me envolví en frases melancólicas como si fueran mantas. Me miraba al espejo y encontraba belleza en el desgarro, en el cansancio bajo los ojos, en la piel que dolía. Pensaba: si me duele, entonces vale la pena. Y me aferraba a ese dolor como quien abraza un fuego para sentirse viva.
Y sí, quizás durante un tiempo me sirvió.
Porque era lo único que conocía. Porque estaba tan acostumbrada al estado de alerta, a los vínculos que punzan, al miedo que camina al lado del afecto, que confundí intensidad con amor.
Confundí desvelo con entrega, vacío con profundidad.
Pero llegó un punto —quizás al inicio de este año, quizás un poco antes— en que me cansé. Me harté de que todo tuviera que doler. Me dolía la vida, me dolían las despedidas, me dolía la espera, me dolía que nadie me cuidara… pero sobre todo, me dolía seguir siendo yo la que no se cuidaba.
Fue ahí cuando empecé a soltar. No a negar el dolor, sino a dejar de hacerle altar. A darme cuenta de que la calma no es aburrida. Que la estabilidad no es un castigo. Que el amor no tiene por qué doler para ser real. Que la tristeza puede visitarme, sí, pero ya no la dejo quedarse a vivir.
Y no fue fácil. Porque me enseñaron que una persona que no ha sufrido “lo suficiente” no merece amor. Que primero hay que estar lista, sana, iluminada, fuerte. Pero no. Nadie está completamente listo. Y aún así, merecemos amor. Incluso en los días oscuros, incluso cuando temblamos por dentro.
Hoy, he empezado a darme la ternura que antes reservaba para los demás. A tenerme paciencia. A hablarme bonito incluso cuando rompo platos. A ver en mis fallas no un castigo, sino una oportunidad de tratarme diferente. Hoy, la voz interna que antes me gritaba, ahora me acompaña.
Y si me caigo, me dice: está bien, no pasa nada. Vamos despacio. Vamos juntas.
Dejar de romantizar mi tristeza no fue volverme más superficial. Fue abrir espacio para otras emociones que también estaban esperando su turno: la gratitud, el asombro, la paz sin tormenta. Fue dejar de vivir como si todo tuviera que doler para ser válido.
Hoy pongo límites. Hoy ya no jalo vínculos donde solo yo remo. Hoy ya no llamo “romántico” a lo que me agota. Hoy soy más libre. Más real.
Y si me preguntas qué aprendí, te diría esto: que a veces, el aprendizaje no está en aguantar. Está en soltar. En decir ya basta. En decidir que si me duele, probablemente ese no es el camino.
Hoy, cuando algo me duele, ya no me abrazo con fuerza para quedarme ahí. Me abrazo para poder soltarlo.
Y si tú también estás ahí, creyendo que necesitas estar roto para ser digno de amor…si alguna parte de ti siente que lo que no arde no es real, quiero decirte esto, como si te hablara al oído: no tienes que sufrir para ser profundo.
No tienes que doler para ser valioso.
Mereces que te amen también cuando no estás ardiendo.
No estás roto.
Estás vivo.
Y eso basta.

-- Amor Hdz.

Comentarios