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La Sociedad del Abismo: Entre Realidades y Promesas Vacías


Desde que tengo memoria, el horizonte siempre ha sido una promesa inalcanzable. Mi vida, como la de tantos otros, se ha construido al filo del abismo, en un equilibrio precario entre el hoy y el mañana. En este rincón del mundo, donde la pobreza es una sombra que nunca se disipa, sobrevivir no es una opción; es la única consigna. Y mientras tanto, allá afuera, el mundo brilla con la superficialidad de los trending topics, como un espectáculo diseñado para distraernos de todo lo que realmente importa.

Vivimos en un país donde los héroes son aquellos que ganan fama por habitar brevemente un reality show, mientras los verdaderos dramas—los impuestos que desaparecen, los niños que crecen sin oportunidades, las mentes que se quiebran en silencio—quedan relegados al olvido. Es un ruido constante que no informa, que no educa, que apenas entretiene. Y mientras tanto, en las calles, en los mercados, en el transporte público, las historias reales se cuentan en miradas cansadas, en silencios cargados de peso, en manos que buscan un sustento que no alcanza.

Desde el privilegio, muchas veces no logramos ver el daño que sucede a nuestro alrededor. Nos acostumbramos a la rutina del miedo, al peso de una tristeza que llevamos como una segunda piel. Esperamos los lunes como un castigo y los viernes como un alivio, como si nuestra existencia fuera una cadena de días prestados que no nos pertenecen. Esta "normalidad" no es vida; es sobrevivir con los ojos cerrados, dejando que el tiempo nos arrastre sin preguntarnos hacia dónde.

Pero, a veces, en medio de esa rutina que todo lo devora, aparece un destello: un gesto amable, una sonrisa, un “gracias” murmurado desde el cansancio. Y aunque parezca insignificante, ese pequeño instante tiene el poder de romper el ciclo. Es un recordatorio de que, aunque no podamos cambiar el sistema entero, sí podemos devolver un poco de humanidad a este mundo que parece haberla olvidado.

El problema no está solo en los políticos que no conocemos ni en los sistemas que nos oprimen, sino en la desconexión con nuestra propia humanidad. En la prisa por llegar a ningún lugar, hemos perdido la capacidad de mirar a nuestro alrededor y reconocer que nuestras vidas no son ajenas, que nuestras historias se entrelazan, que el dolor del otro también es el nuestro.

¿Qué nos queda, entonces? Nos queda la resistencia de lo pequeño, la fuerza de lo invisible. Nos queda encontrar en cada día una oportunidad de mirar más allá del ruido, de ser amables, de escuchar las historias que nadie cuenta. Nos queda, quizá, la esperanza de que, al cambiar nuestras pequeñas realidades, podamos empezar a transformar el mundo.


-- Amor Hdz.

 
 
 

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