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La Incesante Búsqueda del "algo más"


A veces nos encontramos navegando en ese delicado equilibrio entre el amor propio y la necesidad de conexión. Aprendemos a disfrutarnos, a ser suficientes, a sostenernos con nuestra propia compañía. Pero, por alguna razón, sigue ahí esa inquietud, ese pequeño anhelo de algo más. No porque nos falte algo, sino porque, en lo más profundo, queremos compartir lo que somos.

Es como si esa búsqueda formara parte de lo que somos como humanos. Nos dicen que debemos amarnos primero, estar completos antes de buscar a alguien más. Y aunque eso tiene sentido, ¿Qué pasa si ese deseo de buscar no es una carencia, sino un reflejo de nuestra humanidad? Tal vez la vida se siente más vibrante cuando la compartimos, no desde la necesidad, sino desde la plenitud.

El desafío, entonces, es encontrar el balance. Saber que no necesitamos a nadie para estar completos, pero aceptar que está bien querer a alguien, desear esa conexión. Porque ser visto desde los ojos de otro y descubrirnos reflejados ahí puede ser tan mágico como aprender a mirarnos con amor frente al espejo.

Tal vez no se trata de buscar a alguien que nos ame, sino de permitirnos vivir abiertos a la posibilidad de compartir. El amor propio y el amor compartido no son opuestos; se complementan. En ese equilibrio está la libertad de amarnos lo suficiente para saber que somos suficientes, pero también de aceptar que querer algo más es parte de nuestra naturaleza.

A veces pienso que esa búsqueda no es solo emocional, sino existencial. Queremos trascender. Al conectar con alguien más, sentimos que rompemos la soledad inherente de ser uno mismo. Porque, aunque nos amemos, aunque estemos completos, la esencia del ser humano es compartir.

Pero aquí está el truco: no podemos buscar desde la carencia. A veces en ese afán de encontrar, olvidamos pausar y preguntarnos: ¿Estoy compartiendo porque estoy pleno o porque quiero que alguien más me complete? La respuesta a esa pregunta es clave.

Las relaciones también son espejos. No solo vemos al otro, sino que nos vemos a través de ellos. En su risa, en sus ojos, en la forma en que tocamos sus vidas. Pero depender de ese reflejo puede ser peligroso. La verdadera conexión surge cuando dos personas que se conocen y se aman a sí mismas deciden caminar juntas, no para completarse, sino para complementarse.

Y aquí entra la soledad. Estar solo no es fácil. Es incómodo, incluso aterrador. En esos silencios, la mente puede convertirse en un eco ensordecedor. Te obliga a escucharte, a enfrentarte a lo que eres: tus celos, tus inseguridades, tu egoísmo, tu inmadurez. Todo aquello que preferimos ignorar. Pero la soledad no te deja huir de eso.

No se trata de llenar el silencio con distracciones. No es poner música, ver series, revisar el teléfono… Es sentarte contigo mismo y enfrentarte a esos ecos incómodos. Sí, duele. Pero es ahí donde empiezas a conocerte. Y, si te atreves, también es donde puedes enamorarte de ti.

Yo no siempre me amé. Hubo un tiempo en el que ni siquiera podía mirarme al espejo. Saltaba de un amor a otro, buscando que alguien más llenara esos vacíos que no sabía cómo llenar. Y lo único que logré fue vaciarme aún más. Al final, terminé sola. Y aunque al principio me dio miedo, ahora sé que fue lo mejor que me pudo pasar.

Viajar sola, desapegarme incluso de mi familia y mis mascotas, me enseñó que la única compañía garantizada soy yo misma. Y, aunque mi mente sigue siendo mi mayor desafío, ese viaje hacia mí misma me cambió. Aprendí a soltar el pasado, a dejar de culparlo por mi presente, y a dejar ir el rencor hacia personas que, al final, solo amaron como sabían hacerlo.

Hoy disfruto mi soledad. Me siento cómoda en ella. Pero también sé que, a veces, quiero compartir mi vida con alguien que sepa lo que quiere, que ame crecer, viajar, descubrir. No porque lo necesite, sino porque sería bonito caminar al lado de alguien así.

Estar solo es difícil, pero es necesario. Porque en esos silencios incómodos vas a conocer a alguien increíble: tú. Y si todavía no lo eres, lo mejor es que siempre puedes transformarte en quien quieres ser. Porque al hacerlo, también te acercas a encontrar a quien busca lo mismo.

 

-- Amor Hdz.

 
 
 

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