Entre el autocuidado y el agotamiento
- Amor Hdz
- 10 jul 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 17 jul 2025
¿Y si no quiero ser mi mejor versión hoy?
Hay algo agotador en la promesa constante de que “vas a estar mejor”.
No porque no queramos estarlo.
No porque sanar no importe.
Sino porque, últimamente, parecería que nunca es suficiente.
Siempre hay un libro más que leer.
Una herida más que comprender.
Un hábito más que incorporar.
parte de ti que “deberías” seguir mejorando.
El cansancio emocional de “trabajarse” no aparece de golpe. Se va acumulando en forma de microexigencias: levántate temprano, medita, haz journaling, sana tu linaje, hidrátate, cierra ciclos, vuelve a empezar.
Todo con buena intención, claro. Pero también con una presión silenciosa que a veces termina ahogando.
Yo llegué a un punto en que me agoté. No del proceso en sí, sino de la exigencia de estar constantemente en proceso.
Porque hay una diferencia enorme entre elegir trabajarte… y sentir que si no lo haces, entonces estás fallando. Ese fue mi punto de quiebre: cuando el crecimiento personal dejó de ser una herramienta y se volvió una obligación. Cuando sentí que cada día era una lista de pendientes emocionales. Cuando me di cuenta de que el discurso del amor propio, tan popular hoy, a veces se vuelve una forma más de control.
Ya no eran consejos, eran reglas. Ya no era intuición, era algoritmo.
Y en medio de ese ruido —de expertos en autoestima, astrólogos de TikTok, coaches de relaciones fallidas que enseñan cómo “atraer lo que mereces”— lo que más necesitaba era silencio.
Silencio para escucharme.
No desde el juicio, sino desde el cuerpo.
Desde la honestidad.
Hoy, descanso.
Y no como evasión, sino como elección. Descanso como resistencia, como acto político, como reparación.
Como dice Tricia Hersey, fundadora de The Nap Ministry:
“El descanso no es un lujo. El descanso es nuestra herencia. Es resistencia.”
Aprendí a no castigarme cuando no cumplo la rutina. Aprendí que si no medito hoy, no me convierto en alguien inconsciente. Que si hoy no escribí tres páginas de mi alma, no estoy retrocediendo. Que el descanso también puede ser tomarme un café con alguien querido. O cerrar una serie que me pone tensa. O dormir sin culpas.
Incluso mi forma de comer cambió: ahora me escucho. Me doy el gusto cuando lo necesito, sin exigirme perfección. Y eso también es salud.
Descansar, para mí, ya no es estancarme.
Es reconocer que no soy una máquina de sanación continua.
Que el trabajo interno también implica saber cuándo no hacer más trabajo.
Cuándo basta con acompañarme.
Y eso es clave: acompañarse. No exigirse. No corregirse. No esculpirse.
Sino estar.
Sostenerse.
Mirarse con paciencia.
Porque también se vale cansarse.
También se vale no querer ser siempre “la mejor versión”.
También se vale solo… ser.
-- Amor Hdz.

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