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El ritual de volver a mí

Actualizado: 17 jul 2025

Hay palabras que te encuentran en el momento justo.

Cuando leí esta cita, supe que hablaba de mí:


“No querías nacer, pero has nacido.

No has sabido vivir, pero has vivido.

No evitarás morir, pero has escrito.”


José María Micó


Esa frase me acompañó durante este proceso como un espejo. Y este texto es la prueba. La prueba de que estoy viva, de que me estoy escribiendo otra vez, desde otro lugar. Uno más honesto, más mío.

Desde hace unas semanas he estado viviendo una realidad extraña para mí. Me he encontrado en un estado de calma que no conocía. En años anteriores creí que había alcanzado esa paz —que en mi búsqueda constante de autoconocimiento mental y emocional— tanto anhelaba. Pero, en el fondo, siempre había algo que me arrastraba hacia el autosabotaje. Era como si una parte de mí no estuviera lista para soltar, para cerrar, para superar del todo ciertos momentos de mi pasado.

Y esa parte se aferraba con fuerza. A mis laberintos, a mis heridas, a la oscuridad emocional en la que había aprendido a sobrevivir. Por eso, aunque hubiera ratos de alivio, esa paz auténtica, limpia, sin ansiedad, se me escapaba. Podría compararse con la sensación de estar bajo los efectos de la calma en Puerto Escondido, rodeada de amigos, tomando mate y flotando en el presente… pero en el fondo, aún escapando. De algo. De mí.

Durante un tiempo dejé de mirar esos capítulos rotos de mi vida.

Necesitaba darles orden. Perdonarme. Abrazar cada parte de quien fui, sin excluir a la que me dolía mirar. Y entonces comencé un ritual: nadar hacia mis veintitantos como quien inicia una apnea emocional, sin saber si va a sobrevivir.

Pero algo dentro de mí decía: estás lista. Y tenía razón.

Ya soy lo suficientemente fuerte como para mirarme con ternura, incluso en mis formas más frágiles. Cada día, un nuevo gesto: escuchar la música de aquellos años, leer entradas del blog secreto que nadie conoce, ese donde escupía mis verdades más dolorosas. Allí encontré compañía en el silencio de otras almas.

Miraba fotos de la nube, máscaras sociales, historias de Instagram, sonrisas falsas...Y me leía a mí misma. Visceral pura. Crudeza viva.

En mis diarios. Mis libretas. Las mismas que me salvaron del abismo tantas veces, ahora me devolvían el reflejo de quien fui.

Cada capítulo escrito con lágrimas y emociones, pero también con la posibilidad de cerrar heridas que nunca tuvieron un final digno. Y así seguí. Día tras día. Con ese ritual casi barbárico —casi suicida, dirían algunos— de enfrentarme cara a cara con mi pasado.

Y entonces, al final, cuando ya lo había sentido todo, cuando sobreviví a mi mente rota, a mi corazón hecho pedazos tantas veces…la encontré. Me encontré.

Le encontré sentido a todo. Y con eso, llegaron emociones que jamás había experimentado: Tranquilidad. Cierre. Espacio.

Cerrar esas historias a las que me obsesioné con aferrarme me permitió llenarme de mí misma. No desde el ego. Desde un lugar más real. Más auténtico. Tenía muchas ganas de habitarme en tranquilidad.

Y esta vez, incluso mis partes oscuras firmaron el tratado de paz.

Y ahora que todo está en su lugar, por fin entiendo que vivir en paz no es vivir sin heridas, sino con la valentía de no esconderlas más. Hoy me habito completa. Y por primera vez, no tengo miedo de quedarme.

El momento presente se ha vuelto mi refugio. Los pequeños hábitos que he ido cultivando —cuidarme, respirar, escribir, detenerme, aceptarme— me han permitido expandirme sin correr.

Mi espiritualidad crece en silencio. Mis ganas de aprender, de sentir, de conocer… ya no vienen desde la urgencia, sino desde la certeza de que soy yo.

Y me gusta la mujer que soy ahora.

No perfecta, no terminada. Pero mía.


-- Amor Hdz.

Algunos recuerdos.
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