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El plato sobre la mesa

Hace unos días vi un documental sobre personas en Manila que buscan entre la basura restos de comida para volver a cocinarlos, venderlos y comerlos.

No pude dejar de pensar en ello durante horas.

Mientras veía aquellas imágenes, recordé algo que nunca había considerado extraordinario: en mi casa siempre había un plato de comida esperándonos.

No siempre era abundante.

No siempre era elaborado.

Pero siempre había algo.

Y durante muchos años creí que eso era lo normal.

Para mí, cocinar siempre se ha sentido como una forma de querer.

Creo que comenzó mucho antes de que aprendiera una receta. Empezó en mi niñez, cuando llegábamos de la escuela y la casa olía a sopa recién hecha. Después aparecía el aroma del guisado y, de fondo, sonaban Joaquín Sabina, Arjona o La Oreja de Van Gogh. Era un ritual sencillo, repetido tantas veces que parecía imposible que algún día dejara de existir.

Cuando mis papás se separaron y mi mamá comenzó a trabajar para sacar adelante a mis hermanos y a mí, ese ritual cambió.

Ya no podía estar en casa a la hora de la comida.

Y entonces empecé a cocinar.

No porque alguien me lo pidiera.

Creo que solo quería que la casa siguiera oliendo igual.

Me gustaba comer rico, como a cualquiera. Así que llamaba a mi papá para pedirle recetas fáciles o intentaba recordar lo que había visto hacer a mi mamá durante años. Cocinaba con lo que había, muchas veces con muy poco dinero, para mí y para mis hermanos.

Nunca sentí que fuera un sacrificio.

Era mi manera de cuidar un hogar que también estaba aprendiendo a reinventarse.

Con los años dejé de cocinar por una temporada, como cualquier adolescente en plena rebeldía.

Luego regresé.

Siempre regreso.

Hay algo en la cocina que calma una parte de mi mente como muy pocas cosas lo hacen. Mientras corto algo o espero que hierva una olla, el mundo parece bajar el volumen. Mi atención está completamente ahí. Y, para alguien que ha vivido tantos años con una mente inquieta, eso también es una forma de descanso.

He aprendido a preparar de todo.

En la preparatoria hasta vendía cupcakes. Me emocionaba descubrir que podía hornear algo con mis propias manos, aunque, curiosamente, casi nunca me convencía el resultado. Siempre fui mucho más exigente conmigo misma que quienes probaban mi comida.

Mi familia, en cambio, siempre ha disfrutado que les cocine.

En Navidad, cumpleaños o reuniones importantes suelo encargarme del menú. Nunca lo siento como una obligación. Es mi forma de decir "los quiero" sin tener que pronunciar esas palabras.

Después llegaron los años más difíciles de mi vida.

Y, como tantas otras cosas, también dejé de cocinar.

Cuando empecé a reconstruirme, también volví a la cocina.

Pero esta vez para mí.

Preparar un guisado se convirtió en un pequeño ritual. Recuerdo que siempre le decía a mi mamá que tenía antojo de "comida de verdad". Así le decía yo a la comida mexicana. De esos platillos sencillos con los que crecimos: arroz, sopa, algún guiso que oliera a casa.

Con el tiempo entendí que no extrañaba únicamente el sabor.

Extrañaba la sensación de que alguien hubiera pensado en mí antes de que yo llegara a la mesa.

Por eso creo que hay un recuerdo que todavía me ronda la mente, cuando hablo de comida y familia.

En algún momento durante mi vida, alguien le dijo a su mamá que yo no quería comer porque seguramente esos guisados me parecían comida de pobres. Que yo había crecido acostumbrada a restaurantes y que, por eso, ni siquiera me había servido un plato.

Sentí una vergüenza difícil de explicar.

No porque hablaran de mí.

Sino porque alguien pudiera convertir un plato de comida preparado con cariño en motivo de humillación.

Mientras escuchaba aquello solo podía pensar una cosa.

Yo aprendí a cocinar con cincuenta pesos.

Pero también caí en cuenta de que jamás me avergoncé de la comida con la que crecí.

Nunca vi un plato de arroz como algo indigno.

Nunca pensé que un guisado sencillo valiera menos que una cena costosa.

Porque detrás de cada comida que hubo sobre nuestra mesa estaba el esfuerzo inmenso de una mujer que trabajaba todos los días para que nunca nos faltara qué comer.

Con los años entendí algo que de niña nunca pensé: uno no recuerda todos los platos que comió. Lo que recuerda es la certeza de que siempre había alguien procurando que nunca faltaran.

Eso era lo que yo veía.

No el precio.

El esfuerzo.

El amor.

Quizá por eso el documental de Manila me rompió tanto.

Porque me recordó que aquello que durante años di por sentado es, para millones de personas, un privilegio inmenso.

Tener una cocina.

Abrir un refrigerador.

Poder elegir qué cocinar.

Decir: "Hoy no se me antoja esto".

Todo eso también es un lujo.

Uno tan cotidiano que a veces deja de parecerlo.

Mi mamá todavía dice que soy especial para comer.

Y probablemente tenga razón.

Pero hay algo que nunca aprendí.

Nunca aprendí a despreciar la comida.

Porque crecí entendiendo que un plato caliente nunca llega solo.

Llega acompañado de horas de trabajo, de cansancio, de preocupaciones económicas, de recetas heredadas, de madres que hacen rendir el dinero y de familias que intentan seguir reuniéndose alrededor de una mesa.

Hoy sigo cocinando por muchas razones.

Incluso ahora me quedo en videollamada con mi mamá enseñándole alguna receta que aprendí y que le gusta cuando la preparo. Hay algo muy bonito en eso; durante años fue ella quien me enseñó a cocinar y, sin darme cuenta, un día los papeles empezaron a cambiar.

Porque me tranquiliza.

Porque me recuerda quién soy.

Porque extraño a la niña que llamaba por teléfono para preguntar cómo se hacía un guisado.

Pero, sobre todo, porque cada vez que pongo un plato sobre la mesa recuerdo que hubo alguien que hizo exactamente lo mismo por mí durante toda mi vida.

Y pocas formas de amor me parecen tan silenciosas y tan inmensas como esa.


-- Por Amor Hdz.

La primera vez que me salieron los chiles rellenos.
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