El eco que no vuelve
- Amor Hdz
- 23 jul 2025
- 3 Min. de lectura
Una reflexión entre montañas, videojuegos y soledad
Hay días en los que no sé cómo ser.
No sé si debo sentir algo, o si ya estoy sintiendo demasiado.
Hay momentos en que me convenzo de que estoy bien, y otros en los que me desbordo de emociones que reconozco —porque son viejas conocidas— pero que ya no puedo controlar. Y entonces, el mundo me parece ruidoso, falso, ajeno.
Y las personas... torpes, lejanas, inhabitables.
Cuando comencé a entenderme un poco más —ya con terapia, con medicamento, con algo de conciencia— mi psicóloga me compartió una imagen que se me quedó clavada como un tatuaje invisible: La vida es una montaña.
Durante nuestra existencia, vamos subiendo esa montaña, paso a paso. Y con cada tramo, aprendemos nuevos lenguajes: formas de amar, de pensar, de mirar. Hay quienes se quedan en la base de la montaña, donde todo es más simple, más inmediato. Y hay quienes subimos, aunque duela, aunque se vuelva solitario.
En el budismo, se dice que el camino hacia la iluminación también es una montaña interna. La subida representa el camino del despertar, y no es un proceso glorioso ni cómodo. Es un viaje de desapego, de desarme, de confrontación con uno mismo. Cuanto más subes, más ligero debes volverte, y eso implica soltar ideas, vínculos, expectativas, identidades.
Hay una frase que leí alguna vez: "Cuando el discípulo está listo, el maestro desaparece." Quizás porque, al llegar a cierta altura, ya no puedes seguir cargando a nadie más. No porque no los ames, sino porque ese amor también necesita evolucionar. Y cuando tú subes y otros no, ya no comparten el mismo idioma. Tú puedes bajar, puedes volver, puedes incluso hablar sus palabras. Pero ellos ya no pueden entender lo que viste allá arriba.
Desde entonces, muchas veces me he sentido así: Como si hablara un idioma sin eco.
Como si pudiera traducirme para los demás, pero nadie supiera cómo traducirse para mí. Como si mis palabras viajaran hasta el oído de alguien solo para morir ahí, sin resonancia.
Me acuerdo mucho del juego Celeste. Madeline también escala una montaña. Y en el trayecto enfrenta sus miedos, sus sombras, sus partes más oscuras. La cima no es un premio: es una prueba. Un espejo. Un lugar donde por fin puede mirarse entera, y elegir seguir adelante.
Y aunque el juego tiene sus momentos luminosos, lo que realmente me marcó fue la soledad del ascenso. La lucha interna. El cansancio emocional de no saber si todo ese esfuerzo tiene sentido.
A veces pienso que yo también soy muchas yo en una misma montaña.
Una que quiere quedarse.
Otra que quiere saltar.
Una que quiere amar sin ansiedad.
Otra que solo quiere desaparecer.
Y me doy cuenta de que en este punto del camino, muchas de las personas que antes estaban conmigo ya no están. No porque las haya corrido. Sino porque nuestros idiomas dejaron de encontrarse.
Porque no todos quieren subir.
Porque no todos pueden.
El budismo dice que cuando alcanzas cierto nivel de conciencia, el silencio se vuelve inevitable.
No porque ya no tengas nada que decir, sino porque sabes que no cualquiera puede escucharlo.
Y entonces, la cima se vuelve cada vez más silenciosa. Pero también más mía.
A veces me pregunto si vale la pena llegar tan alto si nadie va a escucharme allá arriba.
Pero otras veces, solo me abrazo fuerte y me respondo:
Tal vez el eco que busco no venga de afuera, sino de mi propia voz aprendiendo a quedarse.
-- Amor Hdz.


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