El arte de no tener certezas
- Amor Hdz
- 14 jul 2025
- 3 Min. de lectura
Cómo sostener la incertidumbre sin perderse
Hay momentos en los que la vida no avanza.
Tampoco retrocede.
Solo se queda quieta.
Haces café. Revisas el celular. Miras por la ventana. Y no pasa nada.
No sabes qué decidir. No sabes qué sentir. Ni siquiera sabes si deberías estar haciendo algo.
Pero estás ahí. Viviendo esa calma rara que a veces se parece al miedo.
Entonces aparece la incertidumbre. No como un monstruo. No como una señal.
Sino como un clima. Un silencio. Un suspenso.
Queremos certezas.
No por sabias, sino por miedo.
Si algo nos va a doler, queremos saberlo antes.
Si algo va a salir bien, queremos tenerlo asegurado.
No buscamos el futuro por curiosidad, lo buscamos por defensa: como si con saberlo, doliera menos.
Como si con adivinarlo, el alma se salvara.
Pero la vida —sabemos bien— no se deja adivinar. Y aunque duela, eso también es belleza.
Habitar la pregunta.
Rainer Maria Rilke escribió una vez: "Viva ahora las preguntas. Quizá, sin darse cuenta, un día se vea dentro de la respuesta."
Por años no entendí qué quería decir. Pero ahora sé que hablaba de este lugar raro: ese espacio sin claridad, donde las cosas están suspendidas y uno simplemente no sabe. No sabe si algo va a doler. No sabe si va a sanar. No sabe si el otro va a quedarse. Solo está ahí, sosteniéndose.
Y sostenerse en medio del no-saber también es un arte. Un arte silencioso. Un músculo invisible que se entrena con la vida misma.
Durante mucho tiempo necesité tener las respuestas antes de tiempo. Quería leer los finales. Anticipar los giros. No era por sabiduría: era por miedo. Miedo al dolor, a la pérdida, al vacío. Miedo a que las cosas no pasaran como yo quería que pasaran.
Pero aprendí —a veces a la fuerza— que soltar el control puede ser un acto de paz. Que dejar que la vida me sorprenda es mucho más amable que pasarme el día tratando de leer sus cartas ocultas. Que muchas veces, el milagro está justo en no saber.
No se trata de rendirse.
Se trata de aflojar.
Porque no saber no significa que no estés haciendo nada. Significa que estás respirando sin forzar el siguiente paso. Que estás dejando que la tierra se asiente antes de seguir caminando.
Cuando no sé qué hacer, cuando no entiendo por qué las cosas pasan como pasan, vuelvo a mí. A mis rutinas, a mi cuerpo, a mi respiración. A lo que sí puedo sostener, aunque sea pequeño.
Ya no corro a buscar respuestas. Ahora escucho: ¿Qué parte de mí necesita silencio?¿Dónde puedo darme calma en lugar de solución? Y aunque el ruido de afuera grite consejos —astros, tarot, gurús, inteligencia artificial—yo vuelvo a lo que tengo: mis herramientas. Las que construí con terapia, con práctica, con el box, con mis viajes sin boleto de regreso.
Y me recuerdo: no necesito saber qué sigue. Solo necesito estar conmigo mientras no lo sé.
Sobrevivimos incluso cuando nos sentimos perdidos.
La incertidumbre no es un castigo. Es la tierra fértil donde algo nuevo aún no tiene forma.
Y si hoy no sabes qué hacer con tu vida, si estás parado en ese no-lugar donde nada es claro y todo parece quieto, quizá lo único que tengas que hacer… es quedarte contigo.
No para esperar la respuesta. Sino para acompañarte mientras llega.
Porque a veces —como susurraba Rilke—las respuestas no llegan como certezas.
Llegan cuando ya somos quienes pueden sostenerlas.
-- Amor Hdz.


Comentarios