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Donde respira el silencio

Había una casa con las cortinas siempre cerradas.

Desde lejos parecía abandonada, pero adentro vivía un niño.

El niño no odiaba la luz. Solo estaba cansado.

El sol a veces le parecía demasiado grande, como si pudiera aplastarlo con todo su peso. Así que prefería quedarse en penumbra, donde el mundo no exigía nada.

En esa penumbra, el silencio lo visitaba todos los días.

Se sentaba junto a él como un perro viejo y leal, respiraba a su ritmo, y nunca hacía preguntas. El niño le tenía cierto cariño, aunque a veces lo confundía con soledad.

Un día apareció un gato.

No entró con ruido ni con prisa: simplemente estaba ahí, mirándolo con ojos enormes, como si lo hubiera estado buscando desde siempre.

El gato no pedía comida ni juegos. Solo se quedaba cerca, dormía en los rincones, ronroneaba como si conociera un secreto.

—¿Por qué no me dices nada? —le preguntó el niño una vez.

El gato lo miró y, sin mover la boca, el niño entendió:

“Porque no necesitas explicarme. Yo ya sé que estás cansado. Y sé que eso no significa que quieras desaparecer.”

En la casa había pocas cosas: una cama, un reloj que sonaba lento, y una taza en la mesa. No estaba rota del todo, pero tenía una grieta fina que atravesaba su borde.

El niño la miraba a menudo.

Pensaba que su corazón se parecía a esa taza: agrietado, con huecos donde antes había calor, a veces tan vacío que dolía, y sin embargo todavía entero, todavía capaz de sostener algo cuando llegara el momento.

Las noches eran largas. El niño veía cómo las sombras se estiraban hasta el techo. No eran monstruos, aunque lo parecieran. Eran sus miedos jugando a disfrazarse. El niño los dejaba estar, porque sabía que pelear con ellos le quitaría más fuerzas de las que tenía.

El gato lo acompañaba en silencio.

A veces se enroscaba en sus pies, a veces caminaba lento por la habitación, dejando el eco de sus pasos como un recordatorio: “No estás solo. Incluso aquí, alguien camina contigo.”

Afuera, la vida seguía.

Se escuchaban risas, voces, pájaros, pero todo parecía demasiado lejano. El niño pensaba que quizá un día podría volver a abrir la ventana, aunque todavía no supiera cuándo.

—¿Y si nunca la abro? —susurró una noche.

El gato lo miró fijo, con esa calma que solo tienen los animales que no cargan con la prisa humana.

“Entonces yo me quedaré aquí. Porque no vine a abrir tus ventanas. Vine a recordarte que incluso con las cortinas cerradas, sigues siendo tú.”

El niño no contestó.

No hacía falta.

Se acostó, cerró los ojos, y por primera vez en mucho tiempo el silencio se sintió un poco menos pesado.

Las cortinas siguieron cerradas, pero dentro de la casa algo respiraba distinto, como si la espera misma también fuera una forma de luz.

 

Amor Hdz.

 

 
 
 

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