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Desacralizar la idea de “ser feliz”

¿Y si solo se trata de estar en paz?

 

Durante mucho tiempo, nos enseñaron que la felicidad era un destino.

Una meta concreta, un lugar al que llegar.

La casa perfecta, el amor perfecto, los viajes, los domingos soleados con brunch y risas de fondo.

Nos enseñaron que ser felices significaba tener algo, alcanzar algo, vernos de cierta forma, ser como alguien más.

La felicidad, entonces, se volvió una promesa. Y como todas las promesas que no se cumplen al pie de la letra, duele.

Por mucho tiempo lo creí. Que la felicidad estaba en otra parte, lejos de mí, detrás de algo que aún no lograba. Que era una ropa específica, un logro concreto, un cierto tipo de amor, un reconocimiento externo. Y al creerlo, comencé a perseguirla. Sin darme cuenta de que, como todo lo intangible, la felicidad no se corretea: se habita.

O a veces, simplemente se deja pasar.


La felicidad, como nos la vende el mundo, es un espejismo rentable. Por eso se usa para vendernos todo: desde productos de skincare hasta cursos de autoayuda. Porque es deseada, pero difusa. Porque todos la hemos sentido alguna vez, pero nadie puede definirla del todo.

Y ahí está el problema: creemos que debe ser un estado sostenido, permanente. Pero ¿Qué pasaría si no fuera así? ¿Qué pasaría si la felicidad solo viviera en pequeños fragmentos?¿Qué pasaría si no fuera el objetivo?

Hay momentos en los que “deberías” ser feliz —porque tienes lo que pediste, porque cumpliste una meta, porque los demás dicen que deberías agradecer— pero no lo estás. Y eso no es ingratitud. Eso es humanidad.


A mí, la felicidad me cansó.

No el sentirla, claro.

Sino el perseguirla. Por eso dejé de ponerla como meta. Y cuando solté esa carrera absurda, descubrí algo mejor: la paz.

Una paz que no grita. Que no presume. Una paz que no es Instagram ni discurso aspiracional. Una paz que es: abrir los ojos en calma, no sentir que estás fallando, permitirte no hacer nada sin culpas, no estar feliz, pero estar bien.


“Tal vez la paz interior no se parezca a la euforia. Tal vez sea solo no tener miedo de ti misma.”— Clarissa Pinkola Estés


Hoy prefiero estar tranquila que eufórica. Porque desde esa tranquilidad puedo saborear los momentos felices cuando llegan. Y también dejarlos ir cuando se van, sin desesperarme. No me aferro a sentirme bien. Me acompaño en cómo me siento. Eso me dio ternura. Eso me dio compasión. Eso me dio libertad.


Si alguien me dijera “quiero ser feliz, pero no sé cómo” ,yo le diría: no lo hagas tu meta. Haz tu meta estar en paz. Haz tu meta entenderte, no corregirte. Haz tu meta acompañarte cuando no te sientas bien, en vez de castigarte por ello.


“La felicidad no es una constante, es un visitante. Si la recibes con la puerta abierta, se irá menos asustada.”— Inspirado en Rumi


Tal vez nunca fuimos hechos para ser felices todo el tiempo. Tal vez vinimos solo a aprender a estar en casa dentro de nosotros.

Tal vez eso… ya es suficiente.


-- Amor Hdz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

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