Coleccionista selectiva de momentos
- Amor Hdz
- 2 jun 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 17 jul 2025
Si mi vida fuera un objeto, probablemente sería un iPod viejo.
De esos que ya nadie usa. Que ya no se pueden sincronizar con nada, que tienen canciones que no puedes borrar ni agregar. Un aparato obsoleto, pero cargado de historias.
De esos que, si los encuentras en una mudanza, no sabes si tirar, guardar o ponerle play por última vez.
Yo tengo uno. Está rayado, lento, terco.
Y lleno de versiones de mí que no están en ningún otro lado. Canciones que escuché cuando no sabía si quería seguir. Canciones que me sacaron de la cama, que me arrastraron al llanto, que me hicieron sentir invencible por tres minutos. Ahí está todo: la euforia, la caída, el exilio, la sobrevida.
Ese iPod no me representa porque sea bonito. Me representa porque no se ha actualizado.
Porque lo que guarda ya no se puede cambiar.
Y no sé tú, pero a veces yo me siento un poco así.
Como si dentro de mí hubiera archivos que siguen sonando, aunque ya no tengan lugar en el presente. Me gusta pensar que eso también es parte de crecer.
No todo se supera. No todo se transforma en luz. Algunas cosas solo se archivan. Y está bien.
Durante mucho tiempo guardé cosas como si eso me asegurara no olvidar .Como si el olvido fuera el peor castigo. Pero ahora sé que hay cosas que duelen incluso cuando las recuerdas con cariño. Que hay objetos que no pesan por lo que valen, sino por todo lo que ya no existe a su alrededor.
En mis cajas todavía hay flores secas, origamis torpes de hospitales a los que no quiero volver, corcholatas de botellas compartidas con personas que ya no reconozco. Y no los guardo por nostalgia. Los guardo porque forman parte del archivo. De mi historia emocional. De lo que fue.
Porque a veces sobrevivir no se trata de empezar de cero, sino de aceptar que algunas cosas simplemente van a seguir ahí, sin pedir permiso.
También aprendí a tirar. Y no fue fácil. Quemé cartas escritas con lágrimas. Rompí fotos que creía eternas. Boté regalos que ya no sabían a nada. Pero no lo hice con rabia, lo hice con una especie de claridad.
Como quien abre espacio para respirar. Como quien ya no necesita guardar nada para saber que lo vivió.
Supongo que soy una coleccionista melancólica, sí. Pero con los años me volví selectiva. Aprendí a distinguir entre lo que guardo para no soltar… y lo que guardo porque me recuerda quién soy.
Y aún así, me quedé con lo esencial.
Con ese iPod, por ejemplo.
Tiene toda la música que escuchaba en una época muy específica de mi vida. Y aunque mis gustos han cambiado, esa música me sigue haciendo feliz. Es la única que siento que no ha mutado. No se ha movido, pero tampoco ha dejado de representarme. No se le puede agregar nada más. Tampoco se le puede borrar. Ya está hecho. Su contenido es lo más valioso que tiene. Y eso —justo eso— es lo que me representa: lo que se sostiene por sí mismo, aunque el tiempo pase.
Conservo también las cuerdas de guitarra de una época en la que hablábamos con música porque el silencio dolía. Ese boleto arrugado de un concierto que me hizo sentir viva por un instante. El dije que nunca usé, pero que me recordaba un deseo que ya no tengo.
Ya no me duele lo que dejé ir.
Es más, me gusta hacer ese ejercicio cada tanto: abrir mis cajas secretas, mirar lo que sigue ahí, lo que ya no está, lo que aún duele y lo que ya sanó. A veces encuentro objetos que ya no tienen carga emocional, y entonces los dejo ir. No por desprecio, sino porque ya cumplieron su ciclo .Porque ya no me duele verlos.
Y eso, en sí, también es un regalo.
Y lo cierto es que siempre me ha gustado ver a la gente coleccionar. Mis papás coleccionaban cosas juntos… y después, cada quien por su lado.
Y yo… bueno, mi casa parece la casa de una coleccionista emocional. Libros, fotos, juguetes. Imanes en el refri. Estampas de fruta que ahora junto porque sí, porque me emocionan. Porque me gusta notar las cosas pequeñas que aparecen cada día.
No es un apego obsesivo. No las guardo para detener el tiempo, ni para evitar que las personas desaparezcan. Las guardo porque me gusta vivir atenta. Porque me emocionan los detalles. Y porque, si un día desaparecieran, sí… probablemente dolería. Pero no me rompería.
No colecciono para no soltar. Ya no persigo los recuerdos como si fueran mariposas que tengo que atrapar.
Colecciono para observar. Para registrar. Para recordar que estoy viva.
No colecciono para recordar. Colecciono para no olvidarme de que estuve ahí. De que hubo versiones de mí que valen la pena, aunque ya no me parezcan familiares.
Hay cosas que no se tiran. Y no porque no puedas. Sino porque, si las dejas ir del todo, te arrancas una parte de ti que todavía tiene algo que decir.
Como ese iPod. Que ya no sirve para nada.
Pero aún canta.
-- Amor Hdz.


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