
¿Sabes cómo mueren las estrellas?
Lo investigué un día, y se me quedó grabado. Algunas terminan en una explosión violenta, como supernovas, dejando a su paso luz y caos, un último grito al universo antes de apagarse. Otras, más silenciosas, colapsan sobre sí mismas, convertidas en agujeros negros que lo tragan todo, incluso la luz. Y se me hace curioso que siempre situáramos nuestro encuentro en el Área 51, ese lugar tan nuestro, tan espacial, tan lleno de secretos, como lo que fuimos tú y yo. Éramos una estrella al borde de su final, cargada de energía, destinada a colapsar o a estallar.
Éramos tanto, éramos todo lo que no podía ser, pero fue. Por muy poco. Porque era imposible que las escasas probabilidades de que sucediera se materializaran en esta realidad. Y, aun así, ahí estábamos: tú, mi Quijote espacial, y yo, un astronauta sin planeta que solo buscaba creer en algo.
Éramos el encuentro de dos imposibilidades, coexistiendo, porque así debía ser. Pero no debía suceder. Era demasiado para que este mundo lo tolerara. Nuestros cuerpos mortales no habrían soportado la explosión de tanto universo contenido en nosotros.
Y, en esa carretera infinita, a punto de huir, de hacerlo posible, tomamos una decisión. Contenerlo. Esconderlo. Sentenciarlo a la humanidad, a la fragilidad del olvido, a la mala memoria. Convertirlo en un recuerdo, en un café, en un instante que existió… y luego no.
Amor Hdz
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