Simular la vida
- Amor Hdz
- hace 3 días
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Cuando suelo entrar los videojuegos más comprados en las plataformas digitales, me sorprende cada vez más la cantidad de simuladores que lanzan todos los días y el hype que tienen actualmente.
Siempre han existido los juegos de simulación.
Durante mucho tiempo, simular significaba imaginar lo imposible. Construir ciudades, dirigir restaurantes, crear vidas completas desde cero. Había algo fascinante en poder habitar otros mundos, en diseñar realidades que no estaban al alcance de la nuestra.
Pero algo cambió.
Hoy ya no solo simulamos lo extraordinario.
Simulamos lo cotidiano.
Limpiar alfombras.
Lavar autos.
Reparar cosas.
Conducir un taxi.
Entregar pedidos.
Tareas reales, concretas, que existen fuera de la pantalla… ahora también se juegan.
Y hay algo que me parece extraño en eso.
Salir de trabajar para llegar a casa a simular otro trabajo.
Cambiar de espacio, pero no necesariamente de lógica.
Y, aun así, disfrutarlo.
Porque hay algo en esas acciones que se siente bien.
Ordenar. Completar. Terminar algo.
Como si la versión digital de la vida ofreciera algo que la vida misma ya no siempre garantiza: claridad, control, cierre.
Yo misma lo he sentido.
El año pasado jugué unas 70 horas de videojuegos de construcción.
Construir una casa en un juego no es solo construir una casa.
Es organizar, decidir, diseñar un espacio desde cero. Es habitar una idea. Y eso nunca es casual.
Pero cuando lo miro con distancia, aparece otra pregunta.
¿Por qué necesitamos simular lo que ya existe?
¿Por qué algo tan cotidiano se vuelve más atractivo cuando pasa a través de una pantalla?
Tal vez no se trata solo de entretenimiento.
Tal vez tiene que ver con cómo estamos viviendo.
Cada vez hacemos más.
Más rápido. Más seguido.
Trabajamos, respondemos, producimos, nos movemos, pensamos, resolvemos.
Y aun así, algo no se siente completo.
Byung-Chul Han habla de esto como una “sociedad del cansancio”: un estado donde ya no necesitamos que alguien nos exija, porque nosotros mismos nos empujamos constantemente a hacer más, a rendir más, a no detenernos.
Y quizá por eso, cuando finalmente paramos, no sabemos cómo hacerlo.
Entonces buscamos algo que se parezca al descanso…pero que no nos saque del todo de esa lógica.
Simular.
Hacer sin consecuencias reales.
Completar tareas sin peso.
Habitar una versión de la acción donde todo es más manejable.
No es exactamente trabajar.
Pero tampoco es soltar.
Es algo en medio.
Cada vez interactuamos más con representaciones.
Pantallas. Interfaces. Superficies.
Tocamos vidrio en lugar de materia.
Observamos más de lo que experimentamos.
Interactuamos más de lo que habitamos.
Y, poco a poco, la experiencia directa empieza a desplazarse.
No desaparece.
Pero se vuelve menos frecuente.
Más incómoda. Menos inmediata.
Y entonces aparece esa pregunta que tanto se repite:
¿Y si vivimos en una simulación?
Pero tal vez la pregunta no es esa.
Tal vez no importa si la realidad es o no una simulación.
Porque incluso si fuera completamente real, estamos eligiendo vivirla como si no lo fuera.
Simplificándola.
Editándola.
Replicándola en espacios donde todo responde más rápido, donde todo es más manejable, donde todo se puede pausar.
Como si la realidad, tal como es, resultara demasiado abierta.
Demasiado incierta.
Y entonces volvemos a la pantalla.
No solo para escapar.
Sino para sostener algo.
Para ordenar.
Para sentir que, por un momento, todo tiene sentido.
Tal vez por eso simulamos.
No para reemplazar la vida.
Sino para acercarnos a ella…sin tener que atravesarla por completo.
Porque vivirla de verdad ya no siempre es lo más fácil…
ni lo más elegido.
¿Tu que piensas de los juegos de simulación ?
-- Amor Hdz.

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