top of page

La forma que toman los refugios

Actualizado: 17 jul 2025

Cuando era pequeña, me gustaba mucho jugar con mi hermano Memo a construir una casita. Usábamos cojines como muros y techo gracias a su forma cuadrada. Éramos tan chicos que cabíamos los dos, casi doblados, casi respirando lo mismo. A veces esa casita se convertía en un barco, en un coche, en una fortaleza. Pero sin importar el disfraz, siempre era lo mismo: un lugar seguro.

Pasaron los años y mi necesidad de refugio no cambió. Empecé a hacer “campamentos” dentro de la casa. Una versión casera y caótica de la independencia. Me instalaba en la sala, arrastraba cobijas, colgaba telas y —para rematar— metía una televisión de esas que pesaban más que yo. A mi mamá le daba risa. A mí me hacía feliz. Creo que era mi manera de decir: necesito algo solo mío.

Cuando nos mudamos, mis papás hicieron lo posible por darme un espacio propio. Aunque pequeño —solo cabía mi cama y una cómoda—, para mí era un club secreto. Crecí con tres hermanos, y como única mujer aprendí rápido a pelear, a defenderme... y a comer antes de que se acabara todo. El instinto de supervivencia se mezclaba con mi imaginación: las paredes de mi cuarto estaban rayadas, llenas de tachones, posters, brochazos, frases escritas con plumón. Era el retrato perfecto de una niña punk del 2008 atravesada por la adolescencia.

Caótica pero viva.

Mucho tiempo pasó para que pudiera volver a tener una guarida. Una de verdad. Viví en espacios compartidos que nunca me hicieron sentir que pertenecía. Espacios donde habitaba, sí, pero no me habitaban. Hasta que regresé a la casa de mi mamá. Su nuevo hogar me recibió con una recámara solo para mí, con una ventana amplia y luz directa por las mañanas.

Ese cuarto me abrazó por años y fue cambiando conmigo. Cuando estaba triste, el color se volvía más opaco. La luz también. Como si todo respirara lo mismo que yo. Cuando volvía la esperanza, cambiaba los muebles de lugar, pintaba una pared. Como si redecorar fuera una forma de sanar sin decirlo.

Dentro de ese espacio, el tiempo parecía flotar. Pero, en el fondo, sabía que no era mío. Y la necesidad de buscar mi lugar volvió, silenciosa pero insistente.


Me fui. Lo intenté. Me caí un par de veces. Y encontré un lugar.


Un lugar donde mis libros ya no se esconden en cajas. Donde las plantas tienen nombre. Donde el silencio no se siente como vacío, sino como un suspiro largo. Un lugar donde puedo caminar descalza sin pensar en qué opinan los demás. Donde cada taza, cada cuadro torcido, cada olor a incienso, me pertenece.

Aquí, en este espacio, no solo tengo techo. Tengo historia. Tengo paz. Tengo mis propios tesoros inútiles: objetos que no valen nada para el mundo, pero que para mí guardan una emoción intacta. Pequeños recordatorios de lo que fui y de lo que me estoy atreviendo a ser.

Tal vez esa casita de cojines nunca desapareció. Solo cambió de forma. Se llenó de memoria, de muebles, de sombras y luz.

Y ahora, al fin, tengo una casa que se parece a mí.

Y eso, aunque no se diga en voz alta, es una forma de haber llegado.


Mi lugar seguro no era un lugar: era el permiso de habitarme.


-- Amor Hdz.

Un rincón del hogar.
Un rincón del hogar.

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
El poder de no estar

Siempre pensé en qué poder me gustaría tener. Desde niña me inventé habilidades para sobrevivir al trayecto de regreso a casa. Volar, atravesar paredes, ser intangible cuando el mundo se sentía demasi

 
 
 
Todos miramos

Observamos para calmar algo.  No siempre por curiosidad. Muchas veces por ansiedad. Vivimos rodeados de vidas ajenas.  Desde hace tiempo aprendimos a consumir la intimidad como entretenimiento: realit

 
 
 

Comentarios


México

Contáctame

Pregúntame lo que sea

"Todos los textos publicados en este blog son propiedad intelectual de Amor M. Chávez H. y están protegidos por derechos de autor. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización."

bottom of page