Cuando llorar bien es una forma de sanarse
- Amor Hdz
- 5 ago 2025
- 2 Min. de lectura
Por Amor Hdz.
Una vez vi Hachiko con David.
Ya sabes, la película del perro que espera durante años a su dueño.
Yo sabía que me iba a hacer llorar. Siempre lloro con las historias de perros.
Lo que no esperaba era verlo a él —tan contenido siempre— llorar de esa manera.
Como si el llanto le viniera de otro tiempo.
Como si algo dentro se le hubiera aflojado al fin.
No era el llanto del final de la película.
Era un llanto viejo, de esos que no nacen por la historia que estás viendo, sino por todo lo que no dijiste antes.
Por todo lo que evitaste sentir.
Y recuerdo ese momento porque me di cuenta de que no solemos tener permiso para llorar así. No importa si eres hombre o mujer, hay algo en esta sociedad que nos hace esconder la sensibilidad. Nos enseñan a controlarla, a medirla, a ponerla en pausa para no incomodar.
Yo lo aprendí muy temprano.
Siempre fui "demasiado": demasiado emocional, demasiado dramática, demasiado intensa, demasiado llorona.
Así que me volví hábil en esconder lo que sentía.
Lloraba en silencio.
Amaba en voz baja.
Me hacía la fuerte aunque por dentro me estuviera desmoronando.
Porque cuando te haces chiquita, crees que los demás se quedarán.
Crees que si ocupas poco espacio, no estorbas.
Que si no lloras frente a nadie, nadie se asusta.
Pero esa estrategia tiene un precio: empiezas a desaparecer de ti misma.
Hoy pienso que evitar sentir no nos hace más fuertes. Nos hace más frágiles, pero por dentro. Como una casa bien pintada por fuera que ya no tiene cimientos.
Y no, no hablo solo de hombres que no lloran. Hablo de todos los que crecimos pensando que sentir mucho era sinónimo de debilidad. De todos los que aprendimos a silenciar la emoción para poder sobrevivir.
Pero la emoción silenciada no desaparece.
Se transforma.
En insomnio.
En ansiedad.
En enfermedades que no entendemos.
En relaciones que repiten el abandono porque creemos que eso es lo que merecemos.
Hay sensibilidades que no se apagan.
Solo se aplazan. Y cuando no las dejas hablar, buscan otras formas de hacerse notar.
Llorar bien —lo entendí ese día— no es desbordarte sin sentido.
Es permitir que algo te toque el alma sin pedir perdón por ello.
Es ser testigo de tu emoción sin miedo a quedarte sola.
Es reconocer que la lágrima no es el final, sino la válvula de escape para seguir sintiendo.
Yo sigo aprendiendo.
A dejar que mi cuerpo reaccione sin juicio
.A no hacerme chiquita por llorar "de más".
A no corregirme cuando algo me conmueve.
Y, sobre todo, a no temerle a quienes también sienten.
Porque a veces, llorar bien es simplemente eso: permitirte estar viva sin disimulo.
Ser testigo de tu propia ternura.
Y recordar que no hay sensibilidad que sobre.

Comentarios