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Un año entre laberintos

Hace un año abrí este blog sin saber exactamente qué estaba abriendo.

No era una casa, ni un refugio, ni una ventana:

era un camino.

Un camino que no existía hasta que di el primer paso.

Un paso que, visto desde hoy, no era pequeño:

era un salto.

Durante mucho tiempo,

cuando necesitaba recordarme quién era,

volvía a mis libretas, a mis diarios rotos, a mi historia escrita desde la herida.

Me buscaba en el pasado

porque ahí estaban todas las versiones que habían sobrevivido.

Pero nunca me había leído en presente.

Eso cambió este año.

Hace unas semanas, casi sin querer,

regresé a mis propias palabras,

pero no a las antiguas, sino a las que escribo aquí.

Las leí sin prisa, como quien observa un reflejo que por fin reconoce,

y algo me sorprendió profundamente:

mi voz cambió.

Mi claridad cambió.

Yo cambié.

Y entendí algo que nunca había sido capaz de ver:

siempre he escrito hacia alguien.

No para una persona concreta,

no desde la falta,

sino hacia una emoción viva,

un impulso que me guiaba sin nombre.

Las cosas nunca fueron importantes por una razón.

Lo fueron por una presencia.

Y ahora,

al leer lo que escribí durante estos doce meses,

descubro que todas mis palabras apuntaban hacia aquí:

hacia la persona que estoy siendo hoy,

hacia este instante exacto donde por primera vez

me leo completa.

Este blog me regaló algo que no sabía que necesitaba:

una rutina emocional.

Un orden interno.

Una forma de escucharme sin huir de mí.

A veces pienso que escribir aquí ha sido como caminar mi propio laberinto.

No para escapar,

sino para entenderlo.

El camino aparece solo cuando avanzo,

y cada entrada ilumina un pasillo que antes creía imposible de descifrar.

No se trata de llegar al centro,

sino de reconocer las paredes,

las vueltas,

y las rutas que ya no necesito repetir.

Este espacio me sostiene.

Me acompaña.

Me aclara.

Me abre piso cuando el mundo se desordena.

Y cuando me detengo o me ahogo —como en los meses en los que no escribo nada—el laberinto simplemente espera.

Me guarda el lugar.

Y cuando regreso,

me encuentro distinta.


Hoy,

un año después,

solo quiero agradecer.


A quienes me leen,

a quienes encuentran algo propio en lo que escribo,

a quienes regresan sin que yo lo pida,

a quienes llegan por primera vez,

a quienes entienden incluso cuando no explico nada.

Este blog nació como una forma de no perderme.

Hoy es una forma de llegar.

Una forma de caminarme.

Una forma de entrar y salir de mis propios laberintos

sin miedo a perderme otra vez.


Y eso

—aunque no lo diga en voz alta tan seguido—

se siente como un milagro suave,

uno de esos que aparecen cuando la vida,

simplemente,

empieza a tener sentido.


Amor Hdz.

(Noviembre 20, 2025)

 
 
 

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